lunes, 13 de diciembre de 2010

Dios, recurrentemente.

Desde este rincón del mundo andamos sospechando que ...

sábado, 13 de noviembre de 2010

con permiso, don Julio

El genial JC. De esas poesías redonditas, que no necesitan ni la forma de la poesía, ni su temática, ni sus cánones. Se lee y oye la poesía, y pega fuerte y hondo, con humor y con horror. Como si el tipo conociera su materia ¿no?

INSTRUCCIONES PARA CANTAR

Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvidese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo. Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.

Julio Cortázar

sábado, 23 de octubre de 2010

La imaginación al INTENTAR


Hurgando, como no podía ser de otra manera, me encontré con un texto que me pareció muy piola para compartir aquí, y decidí rapiñarme el buen tino de gente que piensa la fe un poquito mejor.

ReImaginando la Vida

Después de un largo invierno, finalmente estoy aquí sentado en casa con una tarde totalmente libre (¡qué bendición!) después de varios sábados agitados con muchas cosas buenas, tener un sábado para quedarme
en casa, leer y después meditar bastante. Eso es algo de una importancia sin igual.
Resolví continuar la lectura del libro de Brian Walsh y Sylvia Keesmaart sobre Colosenses y me detuve sobre un término que ya vi mucho y creí una buena oportunidad para reflexionar mas sobre esto, nuestra imaginación, o sea, cuando pensamos la vida ¿qué elementos encontramos? Infelizmente, a medida que somos asediados en todo instante por propagandas en la TV, banners en los sites, 99% de los e-mails que te llegan (estoy comenz
ando a creer que el e-mail personal llegó a su fin), jingles en las radios, carteles en las rutas y hasta propaganda de las iglesias, pasamos a pensar que la vida es eso: lo que nos separa de la felicidad son 20 mil reales más de salario por mes.
Lo interesante es pensar que cuando Jesús llegó y comenzó a hablar a las personas a su alrededor, comenzó hablando del “Re
ino de los cielos”, o “El mundo como Dios lo pensó”, esto es, comenzó a trazar un ambiente en el que las reglas son diferentes que las reglas de este mundo tan competitivo y consumista en que vivimos. De esa forma, cuando oímos que Cristo es todo lo que precisamos, no parece ser algo tan desubicado. Y esa es nuestra misión, re-imaginar nuestra vida, re-imaginar nuestro mundo, limpiar nuestra imaginación de toda esa suciedad que nos asedia a cada momento que viene acompañado con una tremenda ansiedad por no tener lo que se vende y vivir la posibilidad de esa vida que Jesús nos convida
a vivir. ¿Cómo sería esa vida? ¿Cómo sería una vida en la que usted no precisara defender su reputación con las marcas que usa, con su agenda super completa, o con los cargos que usted tiene o sueña incrementar en su tarjeta de presentación? ¿Cómo sería una vida en la que usted pudiera asumir sus debilidades (en lugar de esconderlas) y dejar que otros lo ayuden con ellas? ¿Cómo sería una vida en la que usted pudiera esc
oger otras personas sin desconfianza y contar con ellas
para hacer aquello que Dios realmente sueña?

martes, 12 de octubre de 2010

Octubre


Hace unos días atrás, en una preciosa y primaveral tarde de Octubre, estaba trabajando en una tarea que realmente disfruto y hago bien. Mientras tomaba unos mates riquísimos, que también disfruto y hago bien. Escuchando y saboreando un poco de la música que me gusta. Me dejaba llevar y traer por ideas y emociones propias y ajenas que salían de los parlantes y de los rincones y de los muebles que lustraba. Y una corriente de viento fresco que aparejaba la tarde para que yo me la calzara.
Y sin darme cuenta, esa tarde, volví a creer. No me pregunten por qué, ni cómo, ni nada, no me preguntes nada. Esa tarde, otra vez, creí.

Creí que lo que uno hace en silencio y en milimétrica escala, tiene importancia y valor.
Creí que lo que hacemos con y por amor, realmente influye en la construcción de una realidad superadora.
Creí que la justicia y la paz se van a besar un día.
Creí que voy a ser capaz de escuchar, comprender y disentir, sin dejar de valorar y querer a mi disidente.
Creí que el conocimiento, la dedicación y la capacidad serán recompensados.
Creí que el temeroso y el pusilánime serán castigados con el olvido más feroz.
Creí que podemos crear comunidades que procuren
bendecir y ser buenas noticias a otros desde su vivencia cotidiana de servicio y no desde una retórica autoritaria.
Creí que soy capaz de soñar con mejores horizontes que mi propio bienestar.
Creí que puedo luchar por alcanzar sueños conjuntos al lado de otros, con la misma fuerza que pongo por mis propios intereses.
Creí que las dudas, cuestionamientos, y oposiciones tienen cabida en el progreso de la causa, y no sólo la obsecuencia y el seguimiento ciego.
Creí que la vida es misterio a transitar y no recetas a aplicar para sojuzgarla.
Creí que el miedo y el dolor no van a condicionar mi futuro.
Creí que mis hijos van a ser mejores que yo, y van a habitar y a crear un mundo mejor que el mío.

Y la tarde pasó.
Y la brisa vespertina se hizo noche.
Y la música, y el mate, y las manos en la madera se llamaron a silencio.
Pero me quedaron las ganas, al menos las ganas, de seguir creyendo.

domingo, 19 de septiembre de 2010

por si te da por aflojar

Para nuestros queridos vecinos del hemisferio norte el mes de Septiembre suele ser tiempo de inicios, punto de arranques varios, puntapié inicial de cuestiones diversas. Para nosotros, la llegada de la primavera (que al día de hoy brilla por su ausencia) empuja un poquito para adelante. Pero esta época del año, más allá de sus promesas de futuros elixires, suele llegarnos con los pies cansados y los brazos caídos. ¡Y todavía falta tanto.....!
Por eso me gustó compartir este textito del capo de Gondim, que leí hace unos cuantos años, y que me sigue entibiando el ánimo. Se los comparto:
EL PREMIO DE LOS PERSEVERANTES
Ricardo Gondim Rodrigues

“Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice á las iglesias”. – Apocalipsis 3.21.

Mis brazos no soportaban más. Yo trataba de recuperar el aliento desesperadamente. El vaivén de la cabeza que se sumergía y emergía en busca de oxígeno se volvió frenético. Nadaba preparándome para una competencia próxima y precisaba intensificar mis entrenamientos. Pero, aquel día estaba exhausto. Después de casi media hora de suplicio decidí desistir. Me prometí a mí mismo que al tocar el borde de la piscina le pediría al técnico que me dejara ir. Decididamente no aguantaba más.
“Llegué al límite”, dije jadeando. “¡Voy a parar ahora!”
Sin demostrar pena por mi, él me respondió dándome la espalda: “¡Este es el momento en el que aflojan los mediocres!”

Me sentí una basura. Busqué fuerzas de donde no tenía más y volví a mi entrenamiento. Aprendí una lección que me serviría para el resto de la vida: El premio será dado a los que no desisten y permanecen en la lucha.


Hay muchos textos en la Biblia que nos exhortan a no desistir y que prometen un premio a los que, perseverando, atraviesan la línea de llegada de la vida. ¡Cuántos proyectos y sueños se acaban porque las personas no dieron el paso siguiente, desisten creyendo que llegaron al final de s
us fuerzas! Algunos abandonan su matrimonio imaginando que no poseen recursos para salvarlo, otros abandonan sus sueños profesionales, deportivos y, peor aún, mucha gente huye de Dios.
La gente vive como quien nada, pedalea o corre. Vivir es una travesía que, muchas veces, parece imposible. Las complicaciones del viaje, inesperadas. Hasta los laderos que nos acompañan no siempre son dignos de confianza. Pero Dios pide solamente que no desistamos en el caminar. Los incentivos que recibimos de él son que él viajará a nuestro lado;
no permitirá que las luchas sean mayores que nuestras fuerzas; y que recibiremos un galardón. La Biblia describe el desistir, volver atrás y no perseverar, como atributos de los cobardes y que ellos quedarán fuera del Reino.
Cuando creas que no tenés más fuerzas, da una brazada más, una nueva vuelta de pedal, otro pasito. ¡El Espíritu de Dios te ayudará a seguir adelante!


sábado, 21 de agosto de 2010

Pero crees en.....????????

Paulo Brabo me sorprende y me indigna, me hace reír y me preocupa, me emociona y hasta -por difícil que parezca- me hace pensar. Hace un tiempo que no tengo tiempo de pasar tantos ratos husmeando su site pero me acordé de esta impecable joyita suya y me dio ganas de colgarla para que la disfrutes también.
Una confesión necesaria

El otro día un cristiano, alterado por la precari
edad de mi profesión de fe, me llevó a un rincón y me pidió que admitiera de una vez por todas si creo en el cielo y el infierno, la resurrección y la naturaleza dual, en el cielo y en el lago fuego, en la divinidad de Cristo y el nacimiento virginal, en la Trinidad y la creación en siete días, en el regreso de Cristo en las nubes y el Armagedón, en el Anticristo y los cuatro jinetes, en los milagros de Jesús y las plagas de Egipto, en el juicio y la vida eterna.
La respuesta ya la tenía lista, y no se asombre de verme usándola nuevamente:
- Conozco gente mucho mejor que yo -dije- que cree en cosas mucho peores.



viernes, 16 de julio de 2010

de las marchas de los evangélicos

Hace un tiempo atrás el gobierno argentino entró en conflicto con un sector social al que, desde los medios de comunicación, se denominó “el campo” (generalización bastante desatinada –por cierto–). En esa ocasión, ante una subida descomunal del precio de la soja (principal producción de la agricultura argentina), el poder ejecutivo promovió algunas medidas tendientes a asir para el Estado una buena parte de esa “renta extraordinaria” (medida que en un país democrático no suena, en principio, desatinada). Las reacciones no se hicieron esperar y una importante movilización de varios meses de duración el sector movilizado hizo retroceder las pretensiones presidenciales.
En aquellos momentos me animé a opinar, ante amigos y conocidos, que resultaba inusitada la persistencia y vehemencia de los manifestantes, de los sectores (supuestamente) ruralistas. Y mi semblanteo me llevaba a inducir que la gran mayoría de esa gente iba a permanecer movilizada y se iba a esforzar por estos reclamos dado que eran personas que finalmente, tras laaaaargos años de actividad particular, por fin habían encontrado un motivo de lucha social. Una razón para sacar la nariz de su propio libreto y dedicarse a una causa en la que otros también participaban. Cientos de miles de argentinos descubriendo el poder y el valor de la propia movilización. Encontrando el gustito de poner el cuerpo, de ganar la calle, y sentirse parte de decisiones importantes, propulsores de cambios, motivo de decisiones de los gobernantes. Por fin salieron de su quietismo y descubrieron una nueva participación social. Por fin se sintieron sociedad y descubrieron que la política no tenía que ver sólo con escuchar a los oradores mediáticos y emitir un voto cada tanto. Experimentaron en su piel la sensación de enarbolarse tras una causa de muchos y defenderla con el CUERPO.
Me animo a sospechar que algo bastante parecido es lo que ocurrió durante estas últimas semanas con la ley de matrimonio igualitario (ley que posibilita el matrimonio entre personas del mismo sexo). En numerosas ciudades de Argentina miles de creyentes evangélicos (movilizados por la iglesia Católica) ganaron las calles para manifestar su disconformidad con la sanción que, finalmente, tuvo lugar el pasado jueves 15 de julio.
No cuestiono el derecho ni la ocasión de los evangélicos para movilizarse y descubrir su capacidad de ejercicio político y social público y masivo. Ha sido este un ejercicio de autoreconocimiento y de evaluación del poder de convocatoria, de influencia y de valor.
Pero en estas líneas pretendo (tal vez inocentemente) augurar una mayor participación evangélica en innumerables cuestiones que hacen a la vida pública de los argentinos y en las que, históricamente, la iglesia a la que pertenezco, ha permanecido ausente. Sin menospreciar la importancia que este tema puede tener para la vida de la sociedad argentina creo que hay temas mucho más relevantes, cuestiones mucho más medulares a nuestra fe, a las cuales dedicar el esfuerzo. No tengo memoria de la movilización de los evangélicos por temas como la pobreza, la proliferación de chicos de la calle, el aumento e institucionalización de la corrupción, la dilación y distorsión de la justicia, la explotación indiscriminada de los recursos naturales, los sistemas represivos sociales y policiales, la condición de los ancianos, y muchos... muchísimos más.
¿Habrá que esperar que la iglesia católica se vuelva a sentir afectada en sus intereses para que los evangélicos se movilicen interna y externamente? ¿Será necesario que el prelado de Argentina se enfrente al poder político gobernante para que los evangélicos vuelvan a descubrir la relación entre las leyes y su responsabilidad social y espiritual? ¿Será posible que esta circunstancia sirva para crecer, madurar, y asumir responsabilidades delegadas, olvidadas o ignoradas hasta el momento, para dedicarnos a cuestiones nacionales que nos reclaman y en las que los creyentes en el Dios de la Biblia deberían tener mucho más por decir y hacer?

martes, 6 de julio de 2010

o porque sí

No sé por qué. Porque me gustó y me movió algo. Porque me encontró y me acomodó en algún punto, o en algún lugar. Porque pensé en muchos amigos que lo pueden disfrutar o sufrir tanto como yo. Por muchos motivos o por ninguno, o porque sí. Geniales líneas de Horacio Salas.

INVENTARIO DE MIS DÍAS

Como no sé vivir
y ya no encuentro
cómodo
llorar cada mañana,
como no sé vivir —insisto—
mientras vivo y desvivo
levanto el inventario de mis días.
Me palpo, me recorro,
con cualquier cosa compruebo mi existencia,
por medio de una voz,
de una sonrisa

o de cualquier mujer,
sé que estoy vivo.
Antes de despedir la madrugada
busco, revuelvo entre los trastos viejos,
y encuentro una palab
ra,
la desarmo,
le abro su panza de aserrín,
vuelvo a coserla igual que un minucioso cirujano
y escribo mi poesía.
Dando vueltas junto a los minuteros
tropiezo con el mismo ángulo recto
que invade a la mañana la oficina.
Prolijamente saludo a los relojes,

me anticipo a los pájaros ficticios,
digo que sí y que no con la cabeza.
Alargo inútilmente la memoria,
busco números claves con anteojos,
recorro con los dedos el lomo de la tarde,

giro sobre un sillón de cuero con sordina,
sumo porcientos grises, cifras azules y columnas rojas,
escribo sobre libros tremebundos,
pronuncio la palabra bibliorato
ochenta y cuatro veces por minuto;
comento un accidente, un crimen, media guerra,
y elogio los dobleces de algún sueño
para arrugarlo luego.

Enarbolo la pipa sobre el labio,
vuelvo a decir que sí de mala gana,
me angustio, resoplo, dramatizo,
a veces nombro a Sartre, a Dios, a Sanfilippo.
Huyo de mí,
me ignoro,
no me quiero.
Después, cuando el cansancio

comienza a recorrerme por la espalda,
saco de los bolsillos mi amor doblado en cuatro,
lo ejerzo tenazmente
y luego con vergüenza lo describo
o tan sólo amontono palabras y las tiro.
Antes de cada noche me apuntalo,
me miro en los espejos,
aliso mi soledad contra la almohada.

Sin que nadie me invite
me meto entre los sueños
o crezco con furia en otros muslos.

A veces también duermo.
O desvarío ante una biblioteca,
ante un poema de Eluard,
ante un Chagall plagiado,

o ante un tango.
Otras veces me siento a la orilla de mis ojos
y me miro asombrado y con espanto.
Me olvidaba,
a veces, también como.
En días de nostalgia
prefiero recordarme
o inventarle memorias a la tarde.

De vez en cuando vuelvo a leer a Borges.
Con la paciencia repito al acostarme
la delantera de Boca en el cincuenta
o escucho a Gardel contra el silencio.
Me desbordo de amigos casi siempre:
ya tengo tantos que nunca alcanza el tiempo
a descifrar sus nombres.
Cuando me quedo solo de espaldas a la noche

enumero los días transcurridos,
vuelvo a la infancia, al olor de los juegos,
converso con mi madre;
Los domingos mi padre sabe todas las respuestas
y todas las historias de aventuras.
Cuando se acaba el juego
evoco a algunos muertos,
voy al cine,

me reflejo en mis ojos preferidos,
aprendo los artículos del Código,
pienso en mi propia muerte
y mientras tanto crezco.

Como no sé vivir,
como no aprendo,
como no me interesan los deberes

ni tampoco me aplico para pasar de grado,
como no sé vivir —insisto—
me conformo con tratar de cambiar,
o simplemente
con inventar la vida
cada día.


                                     Horacio Salas



sábado, 19 de junio de 2010

Cortázar se mete con el mundial 2010

La selección argentina de fútbol ganó su segundo partido en el mundial que se juega en Sudáfrica. Esto no es muy novedoso para la mayoría de la gente que conozco. Y, aunque no niego mi propio entusiasmo por el mundial de fútbol y por la actuación del equipo de la AFA, ya sea porque me estoy poniendo viejo, o porque me gana la envidia de ver lo fácil que algunos se ganan la plata, me está cansando bastante el ver de qué manera se alimenta la euforia vana desde los medios de comunicación, y la selección argentina de fútbol pasó de ser “un equipo lastimoso que se iba a volver en la primera rueda” a una “maravilla de la técnica y la estrategia deportiva”.
Me pareció situación más que oportuna para compartir este genial cuento del más genial Julio Cortázar en la que con una acidez implacable desnuda esta falta de matices y moderaciones en la conducta del argentino medio. Me caben las generales de la ley, pero no puedo dejar de intentar reflexionar al respecto.
Adelante don Julio:
Grave problema argentino: Querido amigo, estimado, o el nombre a secas

Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter (problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos) el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables.
Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: "Señor Oscar Frumento, Gara
bato 1787, Buenos Aires." Deja un buen espacio (las cartas ventiladas son las más elegantes) y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento; él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: "Querido Frumento." No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa titánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: "Estimado Frumento." Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración (es de lo que más se habla en las dedicatorias), ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época (yo era joven y usaba rancho de paja) en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin identificarlo (Frumento) y luego calificarlo (querido/estimado)? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: "Un canalla como usted, etc.", o "Le doy 3 días para abonar el alquiler", cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.
Variantes como "apreciado" y "distinguido" quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno lo llama "maestro" a Frumento, es capaz de creer que le est
á tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Che, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, que nos enseñen a escribir con naturalidad: "Pibe Frumento, gracias por tu último libro", o con afecto: "Ñato, qué novela te mandaste", o con distancia pero sinceramente: "Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura", entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.

viernes, 11 de junio de 2010

empezó el mundial ¿y ahora... ???



Hace cuatro años, con motivo del Mundial de Fútbol anterior, Coca Cola puso en circulación unos calendarios muy particulares: el clásico calendario con un taco en el centro, al que se le van arrancando las hojitas día a día, pero que más allá de comunicar los datos fundamentales del día de la fecha, en el centro de la hojita ostentaba un enorme número que daba cuenta de la cantidad de días que faltaban para el comienzo del mundial.
Parecía un artículo comercialmente ingenioso. A mí me resultó algo más. Me llamó la atención acerca de cómo muchas veces vivimos de esa manera. Yo lo hago, aunque reniegue de ello. Cómo solemos vivir pendientes de eventos futuros que, se nos antojan, nos instalarán en una euforia más deseable que nuestro prosaico andar cotidiano.
Lo inconveniente, resulta ser que cuando pasa la fiesta, uno se queda como en el aire... como decepcionado. Antes de la fiesta, durante varias semanas, uno está expectante, anticipando y esperando. Pero, de repente, todo pasa y tenemos delante nuestro un vacío. Lo que esperábamos ya pasó, ya terminó, lo disfrutamos o no, pero ya no lo tenemos más.
Entonces muchos hacen, lo que yo me descubrí haciendo, gracias a ese almanaque: Buscando un nuevo objetivo en el cual centrar las expectativas. Y uno se fija en algún suceso importante, o en algún viaje que tiene planeado, o en el comienzo de esto… el fin de aquello... pero nos vamos haciendo una forma de vivir que siempre está mirando hacia “lo próximo”. Hacia una meta sicológica o emocional que nos ponemos, como la zanahoria delante del carro para ir tirando, para que nos haga llegar a un nuevo punto.
Cuando se trata de personas que son capaces de disfrutar de muchas cosas no les resulta difícil encontrar esas nuevas metas. No se les hace complicado encontrar en el futuro eventos importantes hacia los cuáles apuntar. Pero sucede en ocasiones, que uno se queda como una balsa en medio del océano, emocionalmente a la deriva, sin encontrar una referencia en la cual poner las esperanzas.
La religión se especializa en esto: nos promete deleites futuros y nos cobra con nuestro tiempo y energías hoy, nos arranca jirones de vida a cambio de esperanzas más o menos idealizadas.
La Biblia asegura que Dios va a dar a disfrutar a sus hijos del “río de deleites” (Salmo 36:8). Pero no sólo ubica su presencia y sus dones en una incierta ultramundanalidad. Tanto la presencia de Dios como sus deleites son para la eternidad que estriba en esta realidad presente. Dios nos regala el gustar de muchísimos placeres durante esta vida, pero no para que nos detengamos en ellos, y nos quedemos paralizados pidiendo más y más de lo mismo, sino para que miremos hacia adelante, gocemos hoy, mientras vamos dirigiendo nuestro andar hacia la presencia de Aquel que en sí mismo es la plenitud del gozo, consumación de todo aquello que podemos desear.
Nos invita, como dice el viejo sabio Atahualpa Yupanqui, a hacernos peregrinos de un sueño lejano y bello.
A disfrutar de la meta, y hacer del camino una anticipación de aquel destino propuesto.

jueves, 3 de junio de 2010

Una costilla tierna de Carlitos

Barth es uno de los teologos que me gusta leer pero me cuesta lidiar con su prosa (y la traducción de la misma, ya que no tengo más remedio que someterme a ellas). Es uno de esos pensadores que te llevan y te muestran el camino, pero no te dejan en la casa. Propone su propio desenlace pero pone el énfasis en marcar los pasos del camino, para que yo -roedor aficionado- reconozca esos caminos, los evalúe, y decida por mi propia cuenta si consiento en avanzar por allí, y por qué lo hago. Pero, como decía, muchas veces resulta un tanto denso su razonamiento, hay que andar, por momentos con paso corto y seguro, por caminitos sinuosos y salpicados de barro.
Como suele uno deslumbrarse y disfrutar de una banda de 'rock heavy' haciendo un tema melódico, así me descubro disfrutando unas páginas devocionales y casi poéticas de Barth.
Me dio muchas ganas de convidarte:
«A los hambrientos colma de bienes»
(Lucas 1,53)

MANOS VACÍAS
¡PADRE nuestro que estás en el cielo! Nuestra vida es muy confusa: ¡muéstranos el orden que tú le diste y que quieres darle de nuevo!
Nuestros pensamientos andan completamente dispersos: ¡reúnelos en torno a tu verdad!
El camino que tenemos por delante está envuelto en tinieblas: ¡precédenos con la luz que nos prometiste!
Nuestra conciencia nos acusa: ¡haznos caer en la cuenta de que podemos levantarnos para servirte a ti y al prójimo!
Nuestro corazón anda inquieto en nuestro interior: ¡danos, Señor, tu paz!
Tú eres la fuente de todo bien, eres la bondad misma, junto a la cual no hay ninguna otra. Tú no quieres que cada cual te busque por su cuenta e intente arreglárselas por sí solo con sus problemas. Tú quieres que en nuestra miseria y en nuestra esperanza seamos un único pueblo de hermanos. Como tal pueblo, nos tomamos ahora de la mano para darte juntos las gracias y extender hacia ti estas manos nuestras, siempre tan vacías.
Amén.
Karl Barth

jueves, 20 de mayo de 2010

Cristo de los pescadores

Cristo de las redes:
¡No nos abandones!
y en los espineles
déjanos tus dones.
No pienses que nos perdiste,
es que la pobreza nos pone tristes,
la sangre tensa, y uno no piensa
más que en morir.
Agua del río viejo:
Llevate pronto este canto lejos
que está aclarando
y vamos pescando para vivir.


El Quique Pesoa, con Beto Solas en voz y percusión, más Roberto Segret en chelo, hacen este temazo de Fandermole que charla, en voz baja, del laburante, del hombre de río, y del papel de la fe en su vida.

lunes, 17 de mayo de 2010

de silbos apacibles y esas yerbas

Después del terremoto, un fuego; pero el SEÑOR no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva.
Porque son matices los que hacen únicos a los momentos y las personas.
Son los detalles los que nos salvan.

La vida es –las más de las veces– una gran monotonía. Rutinas, reiteraciones, dialécticas circulares. Es así que los momentos que conservamos como más caros a nuestra memoria son únicos e irrepetibles no por la espectacularidad de su contenido, sino por la singularidad de pequeños, insignificantes, imperceptibles matices. Las personas no somos (mal que nos pese) seres demasiado originales. Somos todos bastantes predecibles, somos todos hijos de similares condicionamientos ambientales e internos. Pero nuestra intuición y alguna percepción que no siempre es conciente nos indican que hay personas diferentes de abismales diferencias. Que hay escenas de nuestras vidas (increíblemente parecidas a tantas escenas de nuestras propias historias y de millones de historias ajenas) que son únicas por sus matices, por sutilezas, por detalles casi imperceptibles a los ojos de un observador cualquiera pero que imprimen una singularidad profunda, notoria, eterna, en nuestro espíritu.
Es un diminuto fueguito el que elevó al globo, un gesto el que pintó la mañana, una imagen la que vistió la tarde gris de crepúsculo inspirador. Una estrella desapercibida por todos la que llevó a tres sabios de oriente hasta el corral de animales donde llorisqueba un rey. No sabemos cuál será el ángel (el angelo: mensajero de Dios) que remueva el agua del estanque de nuestro ánimo. Un aroma, una palabra, una intención, va a ser, en el momento menos esperado, la que redima nuestro día y hasta nuestra existencia, la que salve… la que nos salva*.* 1. Librar de un riesgo o peligro, poner en seguro. [Definición de la RAE]

miércoles, 5 de mayo de 2010

la apuesta de la fe

de José Míguez Bonino. Fragmento del capítulo IV '¿HAY ALGUNA SEGURIDAD?' del libro ESPACIO PARA SER HOMBRES

UNA APUESTA…
“El Evangelio nos invita a jugarnos la vida…” Un gran pensador cristiano, Pascal, lo llamaba “la apuesta”. Nos agrade o no la comparación, su sentido es exacto. Un autor inglés narra una interesante parábola para ilustrar esta misma verdad. Es la época de la última guerra mundial. Un ciudadano ingles quiere unirse a la resistencia en Francia. Establece contacto en Inglaterra con agentes de la resistencia. Finalmente se le da un lugar y una fecha en que debe encontrarse con el jefe de la resistencia, ya en territorio francés. Y el nombre de dicho jefe. Se traslada, acude a la cita, se identifica. El jefe de la resistencia le hace numerosas preguntas. Finalmente lo admite con unas palabras extrañas e intranquilizadoras: “Tú eres extranjero y no podrás comprender mucho de lo que ocurre aquí. Verás cosas extrañas. De una cosa debes estar seguro: yo soy el jefe y sé lo que hacemos. Confía en mí”. Pasa el tiempo; el nuevo recluta ve a su grupo vistiendo uniformes nazis, realizando misiones que parecen exactamente opuestas a su propósito; ve al jefe colaborando con el enemigo. ¿Sería verdaderamente la resistencia a lo que se había unido? ¿No había sido víctima de un monstuoso engaño? ¿Era éste el jefe o un traidor? En medio de las dudas, sólo puede asirse a una palabra: “Ten confianza en mí y al final verás”. Es todo lo que tenemos para nuestra fe: un tal Jesús de Nazaret que nos dice: “Ten confianza y al final verás”.

… CERTIFICADA POR UNA VIDA
Un tal Jesús que se tomó tan en serio la historia del Dios de Israel, del Dios que había anunciado la justicia y la paz, que había prometido un futuro para la humanidad y para el mundo… tan en serio que vivió de esa promesa toda la vida, y finalmente por ella entregó su vida. Desde el comienzo ubicó su vida en términos de esa promesa. Uno de los profetas de ese Dios había mirado hacia el futuro la liberación de la opresión, la enfermedad y la pobreza. Y Jesús retoma sus palabras y anuncia: “Porque el Espíritu del Señor me ha comisionado para anunciar a los cautivos libertad, a los ciegos vista, para dar buenas noticias a los pobres, para sanar a los afligidos, para anunciar la llegada del tiempo de liberación”. Algunos pocos aceptaron su mensaje y se unieron a él. Y otros, a lo largo de los siglos, también lo han hecho. No hay certificación. Jesús dice simplemente: “Sígueme”.
Es claro que no entramos a ciegas en “el juego de Jesús”. Su propia vida es una garantía, porque es imposible leer el relato de la vida de Jesús y no sentir el timbre de la autenticidad, de lo que es verdadero y real. Si alguna vez hubo verdadera humanidad, un hombre cabal, está aquí. Su invitación no es una frase vacía o demagógica; está respaldada por cada acto y cada palabra. Pero aun así: ¿qué nos asegura que fue otra cosa que un genial y heroico soñador? Porque toda su vida es un constante combate en el cual su mensaje, sus gestos, sus intenciones son permanentemente rechazados, atacados, negados, no sólo por sus adversarios sino incluso por sus propios seguidores. Y finalmente, su causa es crucificada.

En este sentido, el Nuevo Testamento es muy realista. Si la cruz es la ultima palabra, estamos ante un magnífico ejemplo de humanidad, pero nada más. Nada respalda universal y efectivamente esa vida. Y sus seguidores somos, mal que la palabra nos disguste, “engañados y engañadores”, “los más infelices de los hombres” (son palabras del apóstol Pablo). El sello de la realidad de esa vida es, según el Nuevo Testamente, la resurrección de Jesús. La importancia de la resurrección no estriba para el Nuevo Testamento en su carácter asombroso o milagroso. Si Dios es Dios, tal cosa no es en absoluto increíble. La importancia radica, más bien, en que con ese acto Dios confirmó todo lo que Jesús había sido, dicho y hecho. Es por eso que Pablo dice que si no hay resurrección, la fe se queda sin fundamento.
Utilizando un lenguaje muy poco religioso podríamos decirlo así: Jesús documentó de una vez para siempre el mensaje que nos habla de un Dios creador, del Dios de amor que quiere elevar a la humanidad y colocarla en el camino de un mundo nuevo. Lo documentó con su vida. Y en la resurrección, dios mismo firmó el documento. No hay posibilidad de certificar esa firma. Lo único que podemos hacer es presentar el documento y tratar de cobrarlo. Jugarnos a que tiene fondos. Este lenguaje comercial y realista corresponde al tema. El Nuevo Testamento no vacila en emplearlo. Pablo dice, incluso, que si la resurrección no es real, si la firma es falsa, “Dios se muestra mentiroso”. No hay otra garantía.

jueves, 29 de abril de 2010

esperanzas otoñales

Las tardes de otoño son, por decir lo mínimo, nostalgias de la eternidad futura. El sol que abraza y se pasea por sobre los ocres y los dorados, mientras la siesta resiste la ablación de sus mejores perlas.
El jardín de mi casa se engalana, repentinamente, con estas florcitas (cuyo nombre desconozco por completo) para vestir la casa y arrancarla del frío de su modorra.

Hace unas cuantas semanas estoy compartiendo, en un breve espacio que tenemos en la radio local, una serie de charlas acerca de los sueños y el valor de aquellos objetivos de vida que Dios puso en nosotros y cuyo logro es de vital importancia para el progreso de la comunidad y de tremendo valor para el desarrollo de nuestras personas proyectándonos más allá de la inmediatez.
No es extravagante imaginar lo arduo que se vuelve, muchas veces, el encontrar las fuerzas para seguir adelante en medio de una realidad de “pronóstico reservado”. Cuando son escasas las señales indicando que haya otr
os compartiendo valores que uno pretende proponer. Es similar al esfuerzo que veo hacer a mi esposa cuando, por las tardes, le roba horas al descanso o a la intimidad familiar para ayudar con sus tareas y sus lecciones a algunos chicos que luchan con su inclusión escolar. La ingratitud, la indiferencia y hasta el desprecio suelen ser la retribución a esa entrega y dedicación. Y la tristeza no se retrasa en venir a advertirnos los sombríos futuros que estos gestos auguran. Como el otoño admite la irrevocable llegada del invierno.
Pero, unos días atrás, uno de los estudiantes del “apoyo escolar” le arrojó a mi esposa un baldazo de esperanza:
“Seño: yo tengo sueños. Yo quiero patinar, quiero cantar, y quiero ir a la universidad”.
Eso fue todo. Pocas palabras. Pero un enorme gesto que recarga las pilas, que renueva las fuerzas, que consuela y compromete. Fue el ramillete de crisantemos (ahora me enteré del nombre) brotando en el medio del otoño. Fue la siesta recostado sobre la alfombra dorada de hojas
secas. Fue el otoño aseverando que el invierno viene, pero que todavía hay sol, calor, caricia y esperanza.


sábado, 24 de abril de 2010

me permito preguntar


“…no se comete ningún crimen de irreverencia contra la fe del pueblo argentino por haber restituido al Estado lo que corresponde al Estado, una cosa es el patriotismo argentino, otra cosa el fanatismo clerical”.
Pablo Besson
No son pocas las notas y comentarios que circulan por innumerables medios alentando u oponiéndose a la inminente aprobación en Argentina de una ley que contemple la unión civil o el casamiento entre personas de un mismo sexo. No pretendo abundar en la fundamentación de una postura a favor o en contra de esos intentos, más allá de que queda muchísimo por decir a ese respecto ya que las argumentaciones han sido, hasta ahora, de una pobreza conceptual, en el mejor de los casos, preocupante.
Sí quiero comentar la perplejidad que me provoca la actitud de las iglesias evangélicas (entendiendo por tal no sólo la institución sino, especialmente, las personas integrantes de ellas). Pero me anticipo a señalar que la actitud que pretendo resaltar es consecuencia directa, más que de una perversidad condenable, de la ignorancia y la desidia con la que la los evangélicos nos hemos relacionado con la historia cercana, la propia inclusive.
Es bastante notoria la actitud adversa de los evangélicos argentinos hacia la posibilidad que gays y lesbianas encuentren la instancia que le dé amparo legal a su situación de pareja. Se sugiere, implícitamente, que aquellos que no se conforman a las normas éticas propuestas por esta iglesia, queden marginados de la ley, a pesar de que la mayoría de la población nacional no presente objeciones al respecto. Nos creemos, los evangélicos, en la obligación de peticionar a favor de la marginación de aquellos que no comparten nuestra fe: Si mi creencia me indica que Dios no aprueba alguna conducta, ella deberá ser prohibida o sancionada por las leyes.
Fue justamente esta actitud la que, a finales del siglo XIX, sostenían los opositores a la creación del Registro Civil en nuestro país. Hasta aquel momento, los nacimientos, matrimonios y defunciones, solo eran válidos si se conformaban a las condiciones impuestas por la Iglesia Católica. Los reconocimientos fuera de las exigencias del clero padecían todo tipo de dificultades para su aceptación y vigencia. Los promotores de la ley de creación del Registro Civil sostenían que no correspondía que quienes no adscribían a una confesión religiosa en particular se vieran impedidos de acceder a los beneficios legales que sí podían gozar los adherentes de aquella fe. Y justamente uno de los impulsores de esta ley fue el pastor bautista Pablo Besson, quien defendió públicamente en numerosos ámbitos el derecho de todo ciudadano a ser reconocido por el Estado Nacional, más allá de que su matrimonio, su bautismo o su sepelio no se condiga con lo que un grupo religioso propone para tal instancia.
Sin embargo, la de los adversarios de aquel evangélico que reconocemos y veneramos, es hoy la propuesta de los evangélicos argentinos –si se me permite tal generalización, no del todo justa–.
No entiendo por qué los evangélicos, como minoría, pretendemos que las leyes avalen nuestra posición, en desmedro de otra minoría, y contrariamente a la opinión mayoritaria de la ciudadanía.
Los evangélicos promovemos “marchas para Jesús” y “eventos evangelísticos” en espacios públicos. Reivindicamos nuestro derecho a hacerlo y reclamamos el apoyo de las autoridades para favorecer tales actividades. Pero cuando otras minorías se manifiestan en igual sentido, organizando “marchas” o “eventos públicos” promoviendo sus creencias y propuestas, se le reclama al Estado el cercenamiento del derecho a expresarse bajo parámetros similares. Flaco favor le hace a la propuesta de la iglesia evangélica el reclamo de censura para cualquier expresión contraria a su fe. De la misma manera, no es negando el derecho al amparo civil de parejas homosexuales como se promueve una convicción contraria a los propósitos de ese proyecto de ley. Se sostiene que la sanción de tal ley dará lugar a una catarata de peticiones supuestamente anticristianas (o sea, contraria a NUESTRA COMPRENSIÓN del cristianismo). En la misma dirección se podría opinar que el no favorecer la legislación de una situación ya existente en la sociedad derivará en la posterior exigencia de la iglesia que también se sanciones leyes que prohiban el matrimonio de un hombre con la ex pareja de su padre, o de un cristiano con una pagana (burdos ejemplos de la misma lógica con la que se pretende fundamentar la oposición a la unión civil).
Pero aún suponiendo que el reclamo de los evangélicos sea justo, me llama la atención la especial dedicación a este particular. La Biblia ni por asomo se ensaña con los homosexuales en la misma medida que los exabruptos de la iglesia. Antes, el reclamo bíblico es contra los avaros, los faltos de amor, los religiosos, los prevaricadores, mentirosos, corruptos, toda una serie de pecadores que son tolerados y hasta reconocidos con el beneplácito de nuestras iglesias hoy en día.
Dos defectos no menores saltan a la vista en las posturas que llegan a diario a nuestros escritorios. No son los únicos, ni los más graves, pero sí me llevan a opinar sobre la pobreza de la postura de los evangélicos. Se discursea sobre los fundamentos de la oposición de la iglesia hacia la homosexualidad, pero nada se dice sobre la postura de estas mismas iglesias hacia el rol del estado. ¿De dónde se deriva que porque yo estoy convencido de “A” y demuestro la validez de “A” según mis creencias, esa es razón suficiente para que el Estado Nacional legisle en función de mi creencia parcial?
En segundo lugar no he leído un solo argumento evangélico que contemple la cuestión de “género” (entre otras importantes omisiones). Lo grave de la situación es que la iglesia evangélica parece desconocer el tema. Parece suponer que la sexualidad y la genitalidad son lo mismo. Que se puede prescindir de la cultura a la hora de analizar o aplicar principios bíblicos a los temas de los que trata.
Estas dos deficiencias de la postura que los evangélicos difundimos son una muestra de la razón por la que los evangélicos somos vistos como una secta, de puertas para afuera, y actuamos como tal, de puertas para adentro.
O en palabras del ya citado:
“Poco le importa la triste situación de algunos que no pueden casarse conforme a las leyes meramente civiles. Pero son los individuos los órganos de la ciencia pública y los representantes de la división de los dominios civiles y eclesiásticos, es decir del derecho moderno”.
Pablo Besson
Seguramente la iglesia evangélica no logrará revertir lo que parece una conclusión inevitable: tarde o temprano la ley se sancionará. Pero sin duda lo que sí podríamos hacer, y no estamos logrando en el presente, es ENRIQUECER el debate.

martes, 13 de abril de 2010

Una sospecha pos pascual

De las nubes al barro
Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». El les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».
Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.
Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir».
HECHOS DE LOS APÓSTOLES 1:6-11


Los, hasta horas antes, incrédulos discípulos, finalmente se convencen de que su señor vive, resucitó y ahora anda entre ellos. Casi sin darse cuenta la desesperación y angustia de los últimos días dio lugar a una nueva expectativa que no termina de tomar forma en sus mentes. Pero antes de obtener respuesta directa a sus interrogantes más inmediatos, Jesús asciende ocultándose, rápidamente, de su vista.
Mientras los cuellos se estiiiiran y los ojos se entrecierran y agudizan tratando de encontrar un resquicio entre las nubes para seguir viendo a Jesús, un par de varones/hombres/ángeles (¿?) (en todo caso: portadores de la voz de Dios) intentan disuadirlos de su actitud contemplativa.
La presencia de esos dos personajes es signifi
cativa. Decididamente no tienen aspecto fantasmagórico ni etéreo (tampoco esa característica es propia de la tradición hebrea). Son señalados como dos hombres, dos varones (ανδρες δυο). Tal vez sean ángeles y de allí sus vestiduras blancas, pero su aspecto no indica origen ultramundano. Tampoco lo indican sus palabras. Precisamente, su mensaje, refiere a lo contrario. A que dejen ya de estar pendiente del cielo porque Jesús va a volver de la misma manera. El ámbito de la vida de los seguidores de este Jesús resucitado, no debe ser ya la contemplación evasiva, sino la acción en esta tierra, que es ahora el espacio propio de Jesús: el lugar del que lo vieron ascender, y al que promete volver. Jesús mismo había utilizado esta imagen más de una vez en sus enseñanzas hacia ellos.
Tanto es así que la primera reacción de aquel grupo, reaccionando a estos últimos acontecimientos, es volver a reunirse y allí encaminar los pasos próximos de lo que en los siglos posteriores será conocido como “la iglesia cristiana”. Y, apresurada y torpemente, aquellos primeros pasos no parecen ser demasiado acertados o felices, pero es evidente la comprensión de la dimensión “terrestre” que debe adoptar la vida de los seguidores de Jesús resucitado. Ante la evidencia de esta nueva situación no cabe otra respuesta que la acción, ponerse manos a la obra. Aún ante la te
rminante indicación de quedarse a esperar la visitación del Espíritu Santo, hay que ponerse a hacer. Hay que actuar. Jesús está vivo, y está presente en nuestro accionar. Esa parece ser la convicción de este puñadito de (ahora) entusiastas creyentes.

¿Qué hace hoy la iglesia cristiana con la mirada perdida en el cielo, enferma de tortícolis por no ocuparse de otra cosa que ver un pedacito de Jesús, un milagrito de confort, una mera señalcita de su existenci
a y compañía? ¿Qué hace la iglesia que no entiende que Jesús se ocultó de la mirada física de los suyos para que lo veamos en la cotidianeidad, en los hechos y personas que cada día se cruzan a nuestro paso?
La ‘pos pascua’ es un llamado a poner los ojos en la realidad. A reconocer que el ámbito de acción del Jesús resucitado incluye
mi entorno inmediato. A no quedarse abstraído en lo cúltico sino, sin temor al error, ensuciarse las manos y los pies en el barro de las contradicciones del compromiso diario y esperar así, desde allí, al que vive para ser Señor de todo y de todos (faltos e incompletos), no ídolo y patrono de un pequeño grupo de enclaustrados (santos y autoexcluídos de la desafiante realidad).
La adoración que no va más allá de la contemplación no es sino autocomplacencia, religión, metal que resuena, platillo que retiñe… puro ruido.

jueves, 1 de abril de 2010

abril en ciernes

Con ganas de retomar el ritmo con ganas



martes, 9 de febrero de 2010

Más sobre la identidad, y esas yerbas

En su libro: “Cuentos de los años felices”, Osvaldo Soriano dice que:
A fines del siglo XIX, Eduardo Madero, el constructor del puerto de Buenos Aires, se encuentra en España -en Sevilla más exactamente- con un escrito que lo impresiona. Es el texto original de lo que llevaba por título: “Plan de Operaciones”. Se trata de un archivo redactado por Mariano Moreno, promovido por el propio Moreno, que hizo aprobar en secreto por todos los miembros de la junta de gobierno de mayo de 1810, en el que el autor desarrolla una estrategia para lograr que la revolución iniciada con la toma del gobierno, se desarrolle y llegue a su consumación total. Esencialmente propone el terror como método para arrasar al enemigo. Quiere arremeter con todo, castigar, matar, hacer lo que sea necesario para imponer la revolución que han iniciado el 25 de mayo.
Madero le envía este material a Bartolomé Mitre quién lo recibe, lo evalúa, y lo reconoce como auténtico.
Pero para esta altura la historia oficial ya estaba escrita. Y Moreno quedó en la historia como un “intelectual y educador romántico, influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa”. A la historia le quedó más cómodo, o le convenía, un Mariano Moreno con esa imagen, y así lo dejó.

Hoy sabemos mucho más de las ideas radicales, revolucionarias, y republicanas de Moreno. Y de cómo su intransigencia en cuanto a luchar por la libertad y el triunfo total de la revolución de mayo, lo llevó a perder la vida.
Sin embargo, todavía hoy, se sigue transmitiendo en las escuelas esa imagen de Mariano Moreno. El intelectual, el periodista, secretario gris del gobierno, con algunas diferencias con Saavedra.
Esa es la imagen que la Historia prefirió sostener, y así lo hace, todavía hoy en día.

viernes, 5 de febrero de 2010

mi vecino, Carlos

Me dice mi vecino, Carlos, una conclusión a la que sus años de experiencia de vida le permitieron arribar: “Al ‘villa’ no lo cambiás más. Ellos son así. Se visten con esas ropas y andan así, y se drogan y toman. Lo malo es que eso se pasó a toda la sociedad.”
Mi vecino, Carlos, es un vecino reconocido en la localidad, personaje autoritario, prepotente, muy trabajador, pero con una ética bastante acomodaticia a sus propios intereses.

Mi vecino, Carlos, está preocupado por la sociedad que se está construyendo para las generaciones futuras. Le preocupa que no haya una autoridad que ordene los valores en la sociedad, como sucedía hace algunos años, con otros gobiernos.
Mi vecino, Carlos, no es ingenuo, ni falto de capacidad de reflexión, y mira, y escucha y llega a estas conclusiones.
Mi vecino, Carlos, compró definitivamente el discurso
de la criminalización de la pobreza. Los ‘villa’, sucios, pobres, no burgueses-como-yo (aunque yo no sea capaz de reconocerme burgués en lo que tengo y hago pero lo evidencio en lo que ansío tener y alcanzar), son los responsables de todos los males de la sociedad. Son los culpables de mi incomodidad actual. Son los reos de los pecados presentes y futuros de la sociedad.
Mi vecino, Carlos, no está cómodo con su conclusión: ¡pero está tal feliz! ¡Que sensación tan agradable es haber descubierto al culpable! Que alegría saber que, una vez más, como en toda la historia de la h
umanidad, en lugar de progresar decidimos retroceder para echarle la culpa de todo al viejo y consuetudinario responsable: el otro.

Pareciera estar bien orientado mi vecino, Carlos, con los tiempos que corren. Parece un tiempo propicio para aquellos que sueñan con la construcción de ese mundo para pocos, y pocos “bien igualitos”.
¿Sigue teniendo sentido, en esta realidad “expulsaajenos”, aquel evangelio de la inclusión, del amor al prójimo, del servicio al otro sin distinción?

sábado, 30 de enero de 2010

en la fragua

Está bien, tenés razón, me la mandé. Metí la pata. Me equivoqué. Si hubiera pensado un poco más habría tomado alguna otra medida más acorde con lo que se esperaba que hiciera en aquella ocasión. Estamos de acuerdo, entonces. El error fue mío, y el perjuicio nimio. Lo que no termino de entender es toda la descalificación desatada a raíz de una situación tan irrelevante.
Esta escena no parece ajena a nadie que tenga que
interactuar habitualmente, con otras personas. El relacionamiento humano provoca experiencias increíblemente gratificantes y momentos de los más duros. O, como dice el proverbio, “el hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre (Pr 27:17)”. No sé si por derivación previsible o como “salida decorosa” ante la falta argumental, la mayoría de las cuestiones de las relaciones entre personas suele encontrar una colección de momentos en los que ante un error manifiesto, ante una falla revelada, se estriba en ese suceso puntual para descalificar toda una serie de cuestiones relativas no al evento sino a la persona. Ese es el punto en el que la batalla está perdida. ¿Cuál batalla? La batalla argumentativa, por un lado. La actitud de descalificar todas las ideas de X porque X tiene mal aliento, no es otra cosa que admitir que ya no tengo argumentos para contraponer a los del apestoso de X. Pero, por otro lado, la principal batalla perdida es la de la construcción humana. En el preciso instante en que promuevo a X a la categoría de enemigo es cuando perdí. Porque X es aquel a quién Dios, el destino, la vida, las circunstancias, o quién quieras considerar, puso en ese lugar para forjar mi espíritu, mis ideas, mi personalidad, llamada a la construcción común de humanidad.
Pero otra cuestión que vale recordar es que esos estallidos de irracionalidad, esos arrebatos de no-discusión, de fin-del-diálogo, no es otra cosa que la explosión de nuestra propia lucha interior. El mal aliento de X me sirve como catalizador para mis propios conflictos irresueltos, para mis frustraciones o dudas profundas e hirientes.
Tal vez, en lugar de dejarme abatir por tu ataque desmesurado, deberíamos descubrir cuál es la charla pendiente, el argumento irresu
elto. Tal vez, en lugar de aprovechar la contingencia para invalidar caminos ajenos, deberíamos creer más en la construcción común de caminos más abarcadores, ya que decimos querer ir hacia destinos demasiado parecidos como para ser ajenos.