
Una de las fascinaciones de chico que me sobreviven hasta estos días es ir descubriendo el paisaje tandilense a medida que el auto se va arrimando al valle. Tandil es una zona serrana. La ciudad de Tandil es un valle rodeado por las sierras más antiguas del mundo (así dicen los que saben). Cuando yo era chico vivíamos en las proximidades de Buenos Aires y viajar a Tandil con toda la familia, para las vacaciones, era una aventura acostumbrada. Una vez que pasábamos la ciudad de Rauch, uno de los juegos que practicábamos con mis hermanos era el de tratar de ser el primero en descubrir la silueta de alguna sierra que, tenuemente, se dibujaba en el horizonte. Mirando con atención hacia la vastedad del paisaje, por ahí descubrías alguna curvita que se empezaba a insinuar y a elevarse sobre los campos a medida que el auto en el que viajábamos avanzaba. Pero en más de una ocasión decepcionábamos a comprobar que lo que en principio habíamos creído una sierra tras poco andar se nos mostraba como un montecito de eucaliptos (por ejemplo), el que, a la distancia, se dejaba confundir con el esbozo de una sierra, pero que visto un poco más de cerca no tenía manera de enmascarar su condición. Pero sólo descubríamos esta realidad al acercarnos. De lejos había muchos posibles engaños para la vista. Especialmente alimentados por el deseo de “verlo primero”, y de llegar, por fin, a destino.
Aquí debería terminar el comentario. Todo lo que leas en las líneas siguientes solo son un intento increíblemente logrado de ser demasiado obvio y demasiado ingenuote con la aplicación que pretendo hacer.
¿Tiene que ver, esa anécdota, con lo que hoy entiendo por la vida cristina, con el compromiso de fe, con el intento sostenido de andar del lado de “buscar el Reino de Dios y su justicia”? Tiene que ver con sospechar rumbos. Saber acerca de las sierras, ser estudioso de ellas, o tener en claro las propias convicciones acerca de ellas, no es suficiente para reconocerlas en el camino. Lo único que uno puede hacer es, en base a los datos que maneja, tratar de irse aproximando, para reconocerlas al llegar, o al estar tan cerca que su naturaleza se haga evidente. Creemos que vamos en la dirección correcta. Es en parte argumento –avalado, muchas veces, por razones teóricas muy convincentes–. Es en parte convicción –avalada, muchas vece, por motivos emocionales e intuitivos de lo más valederos–. Pero también es, la más de las veces, mucho de apuesta, de juego, de arrojo más o menos rumboso. Sé que por el momento es todo intento, es búsqueda, es “ver como en un espejo”: Sospecha. Sospecha que puede ser más o menos fundada. Y que algunas veces tiene un porcentaje muy alto de probabilidad de ser cierta. Pero su esencia es pasajera, volátil, vanidad –en palabras de Eclesiastés (RV 60) –, vana ilusión (VP).
¿No hay ninguna certeza, entonces? Por supuesto que la hay. La sierra está. Allá, al final del camino, inconmovible. Más allá de mis percepciones, aciertos y errores.
Y el camino se sigue ofreciendo veraz. Mi confianza está en que cuando tanteo con la puntita del pié, o taloneo para escuchar el golpecito o simplemente sentir que la ruta está firme, allí está el camino. Si mis pies procuran mantenerse cerca de él, allí está el camino. Allí está El Camino.