martes, 23 de octubre de 2012

Otra sospecha del ya mentado Ed René


El Dios danzarín

Lo que creemos al respecto de algo determina el modo en que nos relacionamos con ello. A mí, por ejemplo, me gusta jugar con perros, pero si noto que un perro es peligroso, me quedo lejos de el; si es juguetón, me le arrimo. Así pasa también con el mundo. Antiguamente se creía que el mundo era una estructura jerarquizada, siempre desde lo más complejo o poderoso hacia lo mas simple o débil, siendo Dios quien ocupaba la cúspide de la pirámide. El imaginario de las personas se construía a partir de las relaciones entre reyes y súbditos, señores y esclavos, generales y soldados, y demás. Cada uno cumplía su papel y casi todo el mundo lo respetaba. En aquella época la Iglesia tenía autoridad y quien no concordaba con lo que ella decía moría en hoguera –aunque la iglesia dijera cosas como que indios y esclavos no tenían alma y que el sol giraba alrededor de la tierra.
Quien cree en una realidad estructurada a partir de la autoridad y poder, supone que la fe en Dios resuelve todo; al fin de cuentas “obrando Dios, ¿quién impedirá?” Basta orar con fe y esperar la cura, la prosperidad, el regreso del marido, la liberación del hijo, en fin, la solución de cualquier problema. Dios manda, el resto obedece. Todo cuanto se necesita es aprender los trucos para hacer que Dios mande exactamente lo que uno quiere que él mande. Surgen entonces las corrientes de fe y las ofertas compensadoras de la falta de fe, y, principalmente, los gurús que saben manipular a Dios a favor de quien paga bien. Brujería pura.
Copérnico, Galileo, Newton, Einstein y sus teorías científicas hicieron que el mundo pasara a ser visto como una máquina, o como un reloj, con Dios como el relojero. En este mundo-máquina, todo puede ser decodificado, explicado y controlado. Las cosas funcionan en relaciones de causa y efecto previsibles, como por ejemplo las estaciones del año, las fases de la luna, los movimientos de las mareas, las orbitas de los planetas y los eclipses solares. En el día a día, estas relaciones también son previsibles: a partir de la información de masa, fuerza, aceleración y dirección, sabremos calcular en cuanto tiempo el auto va a chocar contra el poste, o cuál bola le va a dar a la amarilla y cuál va a caer en la tronera.  
En el mundo-maquina también es posible arreglar casi todo. Cuando su microondas deja de funcionar, basta llamar a un técnico y el le va a decir cuál pieza deberá ser sustituida. El problema es que quien cree que el mundo funciona así acaba extrapolando eso a todas sus relaciones: ¿el matrimonio se fracturó? ¿su hijo le da mucho trabajo? ¿la vida no funciona? Entonces, basta llamar al especialista. Casi todo tiene arreglo y puede volver a funcionar como antes. Más aún, si es verdad que las relaciones de causa y efecto obedecen con precisión matemática, basta apretar el botón correcto y las cosas sucederán. ¿Quiere hacer discípulos? ¿Quiere hacer crecer a su iglesia? ¿Quiere evitar problemas de familia? ¿Quiere garantizarse una buena carrera profesional? Entonces basta con hacer el curso correcto, encontrar el método indicado, seguir las reglas apropiadas. Luego, “A” siempre conduce a “B”. Si acaso usted hace “A” y el resultado no es “B”, entonces usted piensa que hizo “A”, pero no lo hizo. El mundo-máquina es así: todo siempre funciona derechito –el que no siempre lo hace es usted.
Es de esta manera de ver la realidad que surge el fenomenal ministerio para hacer funcionar a la iglesia con propósitos; la estrategia de siete pasos para hacer que su ministerio sea relevante; las cuatro leyes espirituales para ganar la vida eterna; las técnicas de ministración para liberación espiritual y sanidad interior, los grupos de 12 para hacer multiplicar el rebaño. Hay folletos para toda cuestión, curso para todo asunto y gurú especialista para cualquier nimiedad. Casi todos bien intencionados, pero generalmente funcionando como si el mundo fuese una máquina.
Pero recientemente aparecieron en escena algunas teorías elaboradas a partir de otras percepciones de las ciencias de la física y la biología. En la mecánica quántica, los movimientos no son tan previsibles como en la mecánica newtoniana. Entonces, el mundo ya no es una jerarquía ni una máquina, sino un organismo vivo. Las palabras más adecuadas para describir la realidad son “trama”, “red”, “arena”, y hasta incluso “danza”. La realidad es compleja y los fenómenos naturales y sociales no son previsibles ni manipulables. Las personas son singulares. Basta verificar que diez personas que ganan la lotería reaccionan de diez maneras diferentes. Los relacionamientos también son singulares. Diez parejas que tienen un hijo reaccionan de diez maneras diferentes. De la misma forma, diez iglesias que inician un proyecto reaccionan de diez maneras diferentes. Los seres vivos no son estandarizables. No obedecen a relaciones exactas de causa y efecto. Los seres vivos no son cosas. Y la vida no es exacta.
Quien cree en el mundo como un ser vivo donde cada ser y cada relación es singular, no consigue someterse a esquemas, no tiene pretensiones de gerenciar personas, no confía en métodos y no se impresiona con cifras, estadísticas y probabilidades. Prefiere otros caminos. Escoge el camino de la intimidad con el otro; se encanta con el misterio de lo sagrado; se maravilla con la diversidad; presta atención al joven en conflicto; oye los dramas del hombre que no consigue trabajo; se queda en silencio ante el dolor y se arrodilla para orar antes de dar siquiera un paso en alguna dirección. Esos no se llevan muy bien con el Dios-General, o el Dios-relojero. Se gozan más con el Dios-bailarín.
                                     Ed Rene Kivitz


el texto está tomado de AQUÍ

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