martes, 10 de mayo de 2011

metiendo el cuchillo hasta la empuñadura


¡Por fin las iglesias se animan a hablar de temas ríspidos! Durante mucho tiempo nos tocó convivir con iglesias que preferían evadirse y refugiarse en su nube ultramundana y en su salvación “made in Hollywood”, para no embarrarse los pies con la cotidianeidad que pega y duele. Hoy encontramos iglesias que por fin asumen el desafío histórico y, con decisión y vocación profética, deciden empezar a hablar de los asuntos en los que propios y extraños quieren y necesitan oír la voz de la iglesia.
Ahora sí escuchamos hablar de género y elección sexual, de aborto, de eutanasia, de corrupción institucional y cotidiana, de violencia estructural y simbólica, de los desafíos cotidianos y triviales aunque intrincados, y de los conflictos existenciales del hombre y la mujer de hoy.
¡¡¡Pero eso sí …!!! (diría Mex) Se habla de todos esos temas, pero así, exactamente de la misma manera, con el mismo compromiso, profundidad y valentía con que Luis María Pescetti encara esta cuestión tan difícil de abordar: ¿Cómo se hacen los niños?

viernes, 6 de mayo de 2011

cuánto... en cuatro líneas


lo leí, me gustó, lo releí y me gustó todavía más.
Reconozco mi ignorancia en cuanto a las ideas y la vida de este buen Shillito. Pero me parece muy piola compartirlo y disfrutarlo juntos, si da.

Los otros dioses eran fuertes; pero Tú fuiste débil;
Llegaron cabalgando, pero Tú te tambaleaste hasta el Trono;
Pero a nuestras heridas sólo las heridas de Dios pueden hablar,
y ningún dios tiene heridas sino solo Tú.

Edward Shillito

miércoles, 4 de mayo de 2011

Chau, bis


otro "pariente" homenajea a Sábato con el recuerdo tierno.

MI OTRO PADRE
Se murió. Y sí, se murió Ernesto, mi otro padre. A sus casi cien años morir no es una sorpresa pero no es menos pena. Acaso más tranquila ya que es natural a la vida que alguna vez termina.
Me enseñó- y no significa que aprendí- a no ser ingrato, a no ceder a la frivolidad, a no escribir sin sentimiento, a no privilegiar la vigilia sino el sueño. Y a no subir un escalón más si todavía no pisé fuerte el esca
lón de abajo. Junto a él compartí momentos de los cuales siempre me llevé algo, y no sé si lo compensé con alguna migaja.
Es la historia la que después teje la ubicación del muerto en este o aquel lugar, o lo desvanece o lo sepulta. La historia –se sabe- es injusta e imperfecta y se cuelan en ella conspiraciones que no siempre la verdad resiste. Hay en la historia héroes que deberían ser villanos. Si por mí fuera a Ernesto lo ubicaría alto. En la literatura, en el pensamiento, en el humanismo y en la política.
De alguien que vive casi toda una vida en la misma y sencilla casa, en Santos Lugares; en el mismo barrio, junto a los mismos vecinos y a los mismos árboles y plantas; de alguien que amó a los perros y los gatos, a los pájaros, a los escarabajos mínimos y los terrones de tierra de su j
ardín siendo millonario de tentaciones y de rangos, no hay que dudar: hay que cerrar los ojos y entregarse.
Siempre lo vi usar durante décadas el mismo par de zapatos porque le gustaban. Es un hombre. Insisto, no “fue” un hombre sino que “es”. Porque deja su molde entre nosotros.
No hace falta ser culto ni erudito –pero hace falta ser justo- para darse cuenta que era excepcional como es excepcional en la fauna un ejemplar que aún arriesgándose y exponiéndose, y sin traicionarse, inscribe su marca entre muchas. Su récord de supervivencia no es un dato
menor: “voy a vivir hasta los cien años. Tengo sangre albanesa”, decía cuando ya tenía ochenta. Le faltaron dos meses para cumplir el siglo y nadie podrá decir que no culminó su proeza etárea.
Cuando con Borges estuvieron uno frente al otro en 1974, estando yo allí como testimonio, sé de su conciencia del genio del otro, sé de su comprensión de las diferencias vitales que les concernían y de cómo prefirió superarlas para acentuar las coincidencias. En tanto tiempo transcurrido se le murieron su mujer y un hijo; se le murieron perros y plantas y vecinos del barrio. La larga vejez deja en solitario porque los de su gener
ación se mueren antes. Era fuerte como una fibra vegetal y tierno como un campesino sin hectáreas. Alcanzó la hazaña sin igual de cruzarse de las altas matemáticas a la alta estética literaria.
Escribió ficciones y ensayos, tangos, poemas, cuentos, testimonios y crónicas. Fue fotógrafo y pintor, actor y jardinero. Le resultó natural ser un hombre. Lo único que no fue es mediocre.
Orlando Barone, 1 de mayo de 2011.
una linda sinopsis rapidita AQUI

sábado, 30 de abril de 2011

Chau Tío


Se muere Sábato y es como un amigo de la familia que también se va. Mi papá no podía mencionar 4 frases seguidas sin mencionarlo. Tanto es así que en los últimos tiempos ya nos cruzábamos miradas con los demás integrantes de la sobremesa para ver quién adivinaba a qué cita de Sábato estaba por aludir. Tengo sus libros en una biblioteca impregnada de olor a tabaco, los libros y la biblioteca de mi papá. Y ese olor penetrante, es el olor de Sábato. Porque es el olor de las charlas con mi papá.
Con la partida de Sábato se muere otro pedacito de mi papá. Otro pedacito de un país lleno de contradicciones que fue. Otro pedacito de una manera de soñar, de pensar, de construir, de creer, que todavía no terminamos de entender y, por ende, no terminamos de valorar y aprovechar.
Así como tantas veces nos cansaba la repetitiva mención de "citas Sabatinas", llegará la hora de asimilarlo para incorporarlo y crecer, para que siendo parte de nuestro fertilizante nos ayude a parir nuestros propios brotes.
Perdón. Otra vez, sin darme cuenta, terminé hablando de mi papá.


RECUERDO DEL HOMBRE QUE SE REUNÍA CON LOS ANÓNIMOS
Ernesto Sábato era un hombre triste; de tan triste parecía que esa era su naturaleza; más que su cuerpo, su mirada, sus palabras, más que todo eso, Sábato era físicamente triste. Y, sin embargo, siempre que lo recuerdo lo veo pidiéndole a Jorge Valdano, su paisano ex futbolista, que le diera un puñetazo en el estómago: “Para que compruebe lo fuerte que estoy”. Y estaba fuerte, hasta hace algunos años; entonces volvió a España, con su compañera, Elvira Rodríguez Fraga, como si se viniera a despedir de este país; al volver a Buenos Aires, a Santos Lugares, escribió un diario, Antes del fin, que complementaba otro libro suyo en el que hacía los diarios de su vejez viajando por este país viejo.
Pero a la vuelta ya se hizo tan mayor su tristeza que convirtió su cuerpo, su memoria y su deseo en pura melancolía, y se fue deteriorando su salud, sin que nunca pudiera pensarse que aquel cuerpo del que tanto se quejaba lo fuera a traicionar, algo que acaba de hacer, para su liberación, quizá, pero también para su congoja. Pues, a pesar de las apariencias, las que él hacía explícitas y las que se le notaban en las oquedades pocas veces risueñas de sus ojos, Ernesto Sábato era también un cascarrabias que amaba la vida, un hombre capaz de alternar su preocupación por la ceguera (la suya, la que lo amenazaba) con las bromas y los dimes y diretes que le gustaba levantar para hablar de la clase literaria a la que pertenecía de lleno pero a regañadientes.
Hace unos días Elvira González Fraga me llamó; ella lleva con la ilusión inmarchitable y con un sentido del humor que siempre contrastó con el pesimismo de su compañero, la Fundación Ernesto Sábato, incrustada en lo más bello de Palermo, el barrio de las librerías y de los escritores de Buenos Aires. Ella era consciente de las enfermedades que la edad otorga a los cuerpos humanos, pero aún así, consciente también de que su compañero había pasado por una bronquitis fastidiosa, aún no era la hora. Y desde la fundación preparaba el homenaje que se le debe al centenario de Sobre héroes y tumbas. El centenario se cumple el 24 de junio, y para ese día ella creía que el agasajo universal tendría presente al escritor de Santos Lugares.
Ya no puede ser. La muerte de Sábato es un trago amargo y simbólico de la Argentina y de la literatura. Él representa a Argentina, con todas las contradicciones que en él actuaron en la baja frecuencia y que también machacaron a Jorge Luis Borges, algunas veces su amigo, y casi siempre su oponente; sobre ellos, de maneras distintas, cayeron los denodados latigazos que ese país le ha dado a la razón para despojar a los hombres de la serenidad de la discusión o el desacuerdo. Esas contradicciones se han reflejado en estos dos titanes ahora ya desaparecidos. Las heridas están en los libros, incluso en las entrevistas que se hicieron juntos y también en los desplantes que se hacían en público y en privado. Hay un libro en el que ambos se enzarzan a hablar de la literatura, de Dios y del diablo, y aunque no se quisieron nunca del todo, ahí se ve que en ambos hay una ternura que acaso es el sustento de la inquietud común: ¿para qué tanto lío si hemos de morir y no quedará ni una línea, ni siquiera un verso sencillo?
Pero ahora que toca certificar el fin de Sábato conviene recordar más su literatura que esas escaramuzas que uno aceptó como riesgos del destino y que el otro, el que acaba de fallecer, convirtió en el trampolín de una decisión civil que lo marcó como un héroe de una Argentina nueva que no acaba de ser nunca una Argentina verdaderamente renovada. Y su literatura, la de Sábato tiene en las contradicciones del ser humano, en los miedos al vacío que convivieron también en su pintura, la esencia de sus imaginaciones, que fueron tan oscuras como las predicciones que él hacía del destino de los hombres, condenados a la ceguera, a la mezquindad y al olvido. El túnel y Sobre héroes y tumbas son como el trasunto de esa oquedad rabiosa de sus ojos. Él quería desaparecer y estar. Una vez, en el restaurante Casa Lucio de Madrid, donde había querido comer huevos estrellados, cantamos juntos, con Elvira González Fraga, una milonga argentina de Reguera, creo: “Se me está haciendo la noche/ en la mitad de la tarde/ no quiero volverme sombra/ quiero ser luz y quedarme”. Sábato hizo suyos esos versos, pues él, que ya llevaba avanzados los 90, quería quedarse, seguir, estar, terminarse esos huevos estrellados, seguir viaje a Galicia, a Sevilla, volver a Argentina, vivir, aunque ya su estómago no estuviera tan firme como cuando le pidió a Valdano que le golpeara la barriga, “si viera lo fuerte que está”.
En sus diarios españoles (España en los diarios de mi vejez, Seix Barral), escribió esta entrada: “Cuando siento que me falta tanto de lo que gocé en otras épocas, me queda esto, agarrar un papel o sentarme a mi vieja máquina de escribir, vieja y compañera, y anotar esto, esto quizá sin importancia, pero que me hace sentir reunido con los anónimos y sin embargo, por algún misterio, cercanos lectores que estos papeles tendrán”.
Quería desaparecer, eso está en sus libros, pero quería quedarse, eso estaba en su mirada herida que ahora se acaba de apagar. Ernesto Sábato, un titán disminuido siempre por la constancia rabiosa de su melancolía.

Juan Cruz, para diario EL PAÍS

el artículo original de El País Aquí

viernes, 8 de abril de 2011

Había una vez más...

El plan de salvación

Una vez más (¿y van…?) me encuentro con una presentación, más o menos novedosa, de un esquema harto repetido de lo que se supone sea la esencia del evangelio, la síntesis de lo que la humanidad necesita saber y apropiarse para acceder a la vida eterna.
Una vez más (¿y van…?) me quedo petrificado externamente y excitado internamente porque a pesar de creer y adscribir a esas verdades, me rehúso a la mecanización del obrar de aquel Viento que no se sabe de dónde viene ni adónde va. Me revelo ante mi propia irreverencia hacia la obra y la invitación de Dios en su obrar redentor.
Una vez más (¿y van…?) me cuestiono, ante la inminencia de la celebración que llamamos “Semana Santa”, “Pascua”, “Pascua de resurrección”, o etcéteras varios, qué es lo que debo compartir en esta fecha a los cristianos que me acompañan y a los no cristianos/no creyentes/no practicantes que esperan alguna palabra de mi parte. Como cristiano que procura servir a Dios en el servicio a la gente de su lugar y su tiempo ¿cuál será mi actitud y mi mensaje?
Una vez más (¿y van…?) me convenzo de que el mensaje a compartir es el consabido de Mateo 28.
Acercándose Jesús, les dijo: "Toda autoridad Me ha sido dada en el cielo y en la tierra. "Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden (he aquí)! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo."
Si de alguna manera cabe resumir, o señalar una cuestión medular del evangelio por la cual entrar a considerar todo el mensaje de la Biblia, si de alguna manera podemos resumir en un concepto, en un grupo de versículos bíblicos dónde hay una puerta para acceder a todo el consejo de Dios para la humanidad y para el hombre, está en estos versículos.
¿Cuál es el centro del mensaje cristiano? ¿Cuál es la síntesis de la salvación que Dios ganó y convida al ser humano? El que figura en los últimos versículos de Mateo 28.
¿Que estamos separados de Dios y necesitamos su intermediación para el perdón de nuestros pecados? Cierto. ¿Que necesitamos reconocer nuestra condición de enemigos y recibir la amistad ganada en la cruz? También. ¿Que en el aprender con la iglesia y comprometernos públicamente con la muerte y resurrección de Jesús participamos del Reino de Dios? Por supuesto. ¿Que buscando a Dios y creciendo en la comprensión de su consejo hay mayor noción de la vida espiritual? Dale que va. Pero el aspecto central de la salvación que la Biblia nos describe, la cuestión medular de aquello que encontramos en las Escrituras como salvación no es la referencia a una vida futura en el cielo, con los angelitos y las calles de oro. No se acerca ni por asomo a que vamos mal y si no hacemos algo para zafar, el futuro ultramundano es tenebroso. Lo medular del mensaje evangélico es y debe ser Jesucristo. “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” La invitación principal no es a comprar boletos para un cielo futuro y probable. El convite de la Biblia no es a adquirir un certificado de ubicación preferencial en un eventual reparto de palcos. La salvación de la Biblia es andar con Jesús todos los días hasta el fin del mundo. No soñar con un futuro paradisíaco, sino a andar en una novedad de vida ya.
La salvación no se puede sintetizar en una serie de premisas doctrinales, sólo se puede concentrar en una persona, el Salvador. Es su vida en nosotros, su compañía constante, su apoyo y respaldo lo que nos invita la Biblia. Ni cuatro leyes, ni diez verdades, ni 40 principios. Una persona, un Señor que nos convida su amistad, para salvarnos en ese caminar juntos. El plan de Dios para nuestra salvación consiste en que Jesús esté con nosotros, todos los días, hasta el final último.


jueves, 17 de marzo de 2011

de relicarios, pancartas y pertinencias

En el transcurso de estos días me tocó trabajar con unos grupos de adolescentes, y compartimos con ellos una cuestión harto conocida, pero no por ello falta de interés y curiosidades. Abordamos un aspecto del hecho que nuestra comprensión y valoración de algunas palabras nos condiciona en cuanto a nuestra aproximación al objeto que esa palabra designa. Fue así que escuchamos una canción en la que el artista rezonga ante la rutina, y la monotonía generalizada. Y de manera muy poética y musical nos captura y conduce a la misma sensación para instarnos a combatir esa rutinaria postura de aceptación y acomodamiento a situaciones indeseables. ¡Abajo la rutina, pues! ¡Nos da ganas de gritar a coro y maldecir a la muy desgraciada rutina, indeseable, BASUUURA!
Sin embargo, la misma palabra tiene una serie de significados y usos que nos la señalan como algo útil y valioso. La palabra rutina puede significar algo pesado, sombrío y repudiable, pero también, si pensamos en una rutina de entrenamiento, pasamos a entenderla como una herramienta para alcanzar un objetivo y evaluar nuestro progreso (o la falta de él). Podemos, también, pensar en la rutina que desempeña un artista, con lo que la palabra vendría a designar una seguidilla de hechos artísticos que son la plataforma para que el talento encuentre el ámbito propicio para manifestarse. Una rutina de estudios es el programa (la ruta) que prefijo para llegar al objetivo propuesto y deseado. Y, conforme la mirada que tengamos hacia la expresión “rutina”, o conforme la definición a la que hagamos referencia o adhiramos, esto implicará una carga valorativa y emocional hacia esa palabra y hacia lo que ella designa.

Creo que una parte fundamental de nuestra misión cristiana es la de redefinir para nuestra generación, contexto social, cultura, el contenido que la iglesia le atribuye al concepto de cristianismo, y a las diferentes expresiones y manifestaciones de su fe. Así como salvación no representa la misma situación y posee igual carga valorativa y emotiva para los profetas del s VIII aC que para Pablo en su epístola a los Romanos, tampoco “cristianismo” puede ser lo mismo para los europeos de la edad media que para los sudamericanos del s XXI. De no entenderlo así corremos el riesgo de que nuestras consignas se transformen en slogans vacíos, o marquesinas confeccionadas y valoradas en otros tiempos y culturas sin alcanzar el impacto emocional y conceptual que las buenas noticias deben representar para cada unidad espaciotemporal. No es solo cuestión de semántica sino de acompañar las renovadas autorevelaciones de un Dios vivo en una sociedad cambiante.
Sin romper y reelaborar algunas pancartas nos transformamos lentamente en perpetuadotes de una religión. En transplantadotes de doctrinas cuyo valor emotivo y conceptual (originalmente impactante y pertinente) se fue perdiendo o desgastando en el trayecto. Sin una actitud crítica hacia las propias creencias y prácticas (tanto como la que se tiene hacia las creencias y la práctica de “las puertas del tempo hacia fuera” –lo que algunos, tapándose la nariz, llaman ‘el mundo’–) la fe se vuelve irrelevante, y los practicantes de ella una serie de adoradores de reliquias.
No se trata de aggiornar la religión para acompañar los nuevos tiempos sino de vivir las verdades eternas y comprometernos con la comunidad en la que esa verdad –el logos de Dios– vive, para pintar pancartas renovadas, con una caligrafía pertinente y relevante, para anunciar un mensaje y unas consignas encarnadas en nosotros, carteles vivientes, convites de fe, acción y compromiso.

miércoles, 9 de marzo de 2011

por la cornisa

Me pone muy nervioso encontrar a Sandra -mi esposa- cuando está cocinando y elige para trabajar los escasos 10 cm de mesada que quedan entre la bacha y el borde interno. Le digo que es una temeraria, que le encanta caminar por la cornisa y que disfruta con esa proximidad al abismo. Tampoco es para tanto, pero esa exageración nos asegura un momento de diversión.
En estos días yo anduve cavilando por la cornisa. Estuve tratando con cuestiones que para otros serán superadas y nímias, pero que a mí, mirando mi historia, considerando de dónde vengo, no dejan de causarme cierto vértigo al comprobar la distancia de aquellas seguridades infantiles de la fe.
Por eso me gustó repasar, una vez más, esta poesía del obispo Federico Pagura que me reconforta y me reconcilia con lo más elemental y lo más profundo de mi fe: Jesucristo.
Para renovar el compromiso, para restaurar las fuerzas, para fortalecer el valor, para exorcizar los desánimos, les convido esta canción de fe, compromiso y alegría.

NUESTRAS LEALTADES
Federico J Pagura

Porque él venció, en la muerte, la conjura
de las malignas fuerzas de la historia,
seguimos no a un héroe ni a un mártir,
seguimos al Señor de la victoria.
Porque él al pobre levantó del lodo
y rechazó el halago del dinero,
sabemos dónde están nuestras lealtades
y a quién habremos de servir primero.

Porque él habló de cruz y la cargaba;
de senda estrecha y la siguió sin pausa;
seguir sus huellas es nuestro camino,
con él sembrarnos: esa es nuestra causa.
Porque él habló del Reino sin cansancio
y nos llamó a buscarlo una y mil veces;
debemos hoy, entre mil reinos falsos
buscar el único que permanece.

Porque él es el Señor del universo,
principio y fin del mundo y de la vida,
nada ni nadie usurpará su trono
ni detendrá su triunfo y su venida.

Por eso, pueblos de esta tierra hermosa,
que han conocido siglos de opresiones,
afirmen sus espaldas agobiadas
y eleven al Señor sus corazones.

Y todos los cristianos, sin distingos,
que hemos usado en vano el Nombre Santo,
enderecemos presto los caminos,
antes que nuestras risas se hagan llanto.
Porque él vendrá por sendas conocidas
o por ocultos rumbos ignorados,
y hará justicia a pobres y oprimidos
y destruirá los antros del pecado.

Y entonces sí, la iglesia verdadera,
la que dio santos, mártires, testigos,
y no inclinó su frente ante tiranos
ni por monedas entregó a sus hijos,
ha de resplandecer con esa gloria
que brota no del oro ni la espada,
pero que nace de esa cruz de siglos
en el oscuro Gólgota enclavada.