Mostrando entradas con la etiqueta Teólogos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teólogos. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de junio de 2010

Una costilla tierna de Carlitos

Barth es uno de los teologos que me gusta leer pero me cuesta lidiar con su prosa (y la traducción de la misma, ya que no tengo más remedio que someterme a ellas). Es uno de esos pensadores que te llevan y te muestran el camino, pero no te dejan en la casa. Propone su propio desenlace pero pone el énfasis en marcar los pasos del camino, para que yo -roedor aficionado- reconozca esos caminos, los evalúe, y decida por mi propia cuenta si consiento en avanzar por allí, y por qué lo hago. Pero, como decía, muchas veces resulta un tanto denso su razonamiento, hay que andar, por momentos con paso corto y seguro, por caminitos sinuosos y salpicados de barro.
Como suele uno deslumbrarse y disfrutar de una banda de 'rock heavy' haciendo un tema melódico, así me descubro disfrutando unas páginas devocionales y casi poéticas de Barth.
Me dio muchas ganas de convidarte:
«A los hambrientos colma de bienes»
(Lucas 1,53)

MANOS VACÍAS
¡PADRE nuestro que estás en el cielo! Nuestra vida es muy confusa: ¡muéstranos el orden que tú le diste y que quieres darle de nuevo!
Nuestros pensamientos andan completamente dispersos: ¡reúnelos en torno a tu verdad!
El camino que tenemos por delante está envuelto en tinieblas: ¡precédenos con la luz que nos prometiste!
Nuestra conciencia nos acusa: ¡haznos caer en la cuenta de que podemos levantarnos para servirte a ti y al prójimo!
Nuestro corazón anda inquieto en nuestro interior: ¡danos, Señor, tu paz!
Tú eres la fuente de todo bien, eres la bondad misma, junto a la cual no hay ninguna otra. Tú no quieres que cada cual te busque por su cuenta e intente arreglárselas por sí solo con sus problemas. Tú quieres que en nuestra miseria y en nuestra esperanza seamos un único pueblo de hermanos. Como tal pueblo, nos tomamos ahora de la mano para darte juntos las gracias y extender hacia ti estas manos nuestras, siempre tan vacías.
Amén.
Karl Barth

domingo, 27 de septiembre de 2009

Relaciones

De tanto andar choreando citas por ahí, ya ni me acuerdo de dónde copié esta cita que hoy comparto.

Cuando le preguntaban a Martin Buber - el gran filósofo y teólogo judío - "¿Dónde está Dios?", él era los suficientemente astuto como para no dar respuestas estereotipadas como: Dios está en todas partes, Dios está en las iglesias o en las sinagogas. Buber respondía que Dios está en los relacionamientos.
Dios no se encuentra en las personas, sino entre las personas.
Cuando dos personas están verdaderamente en sintonía una con otra, Dios se aproxima y llena el espacio entre ellas para que
queden unidas. Tanto el amor como la verdadera amistad son algo más que sólo una forma de saber que somos importantes para alguien.
Son una manera de llevar a Dios a un mundo que, de otro modo, sería un valle de egoísmo y soledad.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Algunas intuiciones sobre la religión

Ricardo Gondim es un creyente brasileño al que hace tiempo sigo a través de su site www.ricardogondim.com.br. Aunque es muchas otras cosas no todo se puede afirmar categóricamente acerca de él ya que es teólogo, pensador, pastor, abuelo, deportista, lector, marido, amigo, indagador, y muchas otras cosas más allá de sus títulos académicos, oficinas asignadas, o marbetes impuestos.
Sus pensamientos son siempre desafiantes en los mejores sentidos. Nos inquietan y nos impulsan a ir por más. Cuestionan, pero
desde la proximidad, desde la cercanía que provoca un amigo que nos quiere bien. Del tío querido que en una sobremesa te enseña y te abraza sin ponerse en un pedestal, sentado en la silla petisa de la cocina. Nos pasea por la fe, la familia, la nación, la política, la filosofía, los afectos, la iglesia, las emociones, la vida. Nos acompaña (sin saberlo) en esta sospecha que aquí intentamos.
Pues bien, hace unos días publicó unas líneas en las que cerraba un pequeño epistolario que mantenía con un lector suyo. Y me impresionó la breve lista de tres aseveraciones que aventura, y que no me resistí al deseo de compartirlas en este rincón.
  • Dentro del ámbito religioso la verdad es mucho más sentimental de lo que nos imaginamos. Las personas realmente se aferran a las creencias debido a lazos familiares, culturales y afectuosos. Filtramos nuestras creencias con nuestros gustos y desagrados. La historia de cada uno consolida su fe. La cuna, nido primordial, produce cátedras. El regazo materno, génesis de la seguridad existencial, genera tendencias que sedimentan las creencias. Ningún argumento consigue desplazar presupuestos emocionales. Nadie abandona el piso que le brinda apoyo emocional, convencido por un razonamiento lógico.
  • La religión no sobrevive de verdades, sino de redes de significado. Cuando la doctrina y la vida chocan, adivine ¿quién pierde? Yo respondo: la doctrina. Las afirmaciones categóricas de la religión son explicadas, moldeadas y adaptadas ante las contingencias existenciales. Las tragedias exigen que las doctrinas sean resignificadas para encontrar una explicación que salve de la locura. En momentos críticos, todas las personas se sienten libres de ser paradójicas, ambiguas y contradictorias. Por lo tanto, usted y yo responderemos a las dificultades con contenidos íntimos; contenidos que elaboramos y que forman nuestra red de sentido. Los tratados de teología, las clases de catecismo y los credos sirven para disputas de escuela dominical, para seminaristas enceguecidos y para el pastor que se considera guardián del templo. En el momento en que se necesite combatir la desgracia, las personas no dudan en buscar refranes, supersticiones, y hasta creencias populares. Ya se ha dicho que “no hay ateos en las trincheras”, pero me gustaría añadir: “ni creyente ortodoxo”.
  • Sólo ahondamos en aquello que nos importa. Cuando la agenda no encaja, los ojos se deslizan sobre las palabras y sobran los bostezos. No, no lo culpo, ni siquiera lo apunto. Solamente certifico. Usted no mostró ningún interés real, porque nos devoramos lo que amamos, profundizamos en lo que nos intriga.


viernes, 5 de junio de 2009

el gallo, un relato acerca de gente que conozco

Otro relato de Rubem Alves de su "Teologia do Cotidiano". Lo recomiendo fervorosamente.

El gallo

Hay una historia del gallo que cantaba para hacer nacer el Sol, que ya conté en otro lugar y repito. Bien de mañana, todavía oscurito, él subía al techo del gallinero, hinchaba el pecho y anunciaba:
– ¡Voy a cantar para hacer nacer el Sol!
Todo el bicherío quedaba boquiabierto, pues creía que el gallo decía la verdad, y la prueba estaba bien presente delante de ellos. El gallo batía las alas, miraba firme al horizonte y ordenaba:
– Co-co-ri-có!
Y luego el Sol, obediente, iba apareciendo, rojo, todo luz, todo calor, todo se alegraba, y el bicherío agradecía al gallo su poder y su bondad.
Pero en verdad esto no resultó una cuestión pacífica. Que el Sol nacía por causa del canto del gallo, eso era dogma, quod semper quod ubique et quod ab omnibus creditum est –lo siempre creído, por todas partes y por todos, como dicen los doctores de la iglesia. Lo que era objeto de infinitas disputas era la partitura correcta –porque fuera del valle había interminable cantidad de gallineros, cada cual con su gallo, y cada gallo cantaba de un modo diferente. Estaba el garnise, que cantaba fino, con voz de tenor; estaba el gallo de pescuezo pelado, que explicaba diciendo que era tonsura sagrada, él era barítono, alargaba la última ce de co-co-ri-có; estaba el gallo de cresta roja y plumas púrpura, no se contentaba con cantar una sola vez, le gustaba oír su propia voz; estaba el gallo carijó, que cantaba manso, suave, hecho gregoriano evitando el trítono; estaba el gallo indio, teólogo de la liberación, de canto guerrero; cada uno cantaba de un modo diferente y afirmaba ser aquel el modo de hacer nacer al Sol.
El hecho era que todas las veces que los gallos se encontraban, la cosa terminaba en pelea, riña de gallos que se volvió hasta hoy deporte muy popular, cada cual intentando probar que su canto es el único y verdadero y el de los otros es falso. Nunca les pasaba por la cabeza que mejor sería hacer un dueto, incluso las palomas habían intentado innumerables veces organizar un coro ecuménico para poner fin a la pelea, inútilmente, porque los gallos no gustan de la polifonía, gustan justamente de su propio canto solista.
Pues aconteció que un día el despertador del gallo no sonó, se le pasó la hora y, cuando se dio cuenta, el Sol ya estaba allá en medio del cielo, con aquella sonrisa de felicidad, repartiendo luz y calor a todos los rincones del valle. Aquello fue un golpe al orgullo del gallo, entró en depresión, visitó a la lechuza, psicoanalista, le contó sus sueños. La lechuza una vez que lo oyó, no le prestó demasiada atención, y sólo le hizo una irónica puntuación lacaniana: Ya que el Sol nace aún sin su canto, ¿por qué no se deshace del despertador?
El gallo al principio no entendió. Pero a medida que iba comprendiendo empezó a sonreír: Deshacerme del despertador, el Sol va a nacer de todas maneras, mi canto no tiene tanta importancia, no preciso dar la nota, estoy libre para dormir y levantarme a la hora que quiera, el Sol va a continuar naciendo de cualquier modo…
Ahí el gallo dio una carcajada de felicidad, que fue seguida por la de la lechuza, y luego quedó curado de su depresión; los padecimientos del alma se curan siempre cuando se aprende a reír de uno mismo…
Conté esta historia para tranquilizar a los muchos gallos, gallinas, patos, pavos y gansos, habitantes de gallineros, que se deben quedar horrorizados con mis contracantos, tan irrespetuosos de las cosas sagradas, tan desafinados, con una letra al revés de lo que todo el mundo aprendió y cree… Me imaginé que podrían tener miedo de que el Sol, en represalia por mi canto, dejara de nacer…
Espero que hayan percibido que esta historia es una parábola teológica sobre una de las cosas más lindas del evangelio, que dice que Dios es como el Sol que nace sobre los justos e injustos, o como la lluvia que cae sobre malos y buenos.
Yo se que eso parece injusticia, pues lo correcto sería que el Sol brillara sólo sobre los buenos. Lo correcto sería que la fuente, cuando el malvado anda cerca, se secara. Lo correcto sería que la lluvia sólo cayera sobre los justos.
¿Pero que puedo hacer? Lo que dice uno de los textos sagrados es que Dios no da la mínima bolilla al canto del gallo, si canta o si no canta, si canta bonito o canta feo –Él brilla de cualquier forma. Dios no cambia su modo de ser, por causa de nuestro modo de ser.
Eso quiere decir que la gente puede canta del modo que quiera. Tiene permiso para pensar lo que quiera. No hace diferencia. El Sol no se enoja. Creo que el Sol debe haberse muerto de risa, viendo aquella bandada de gallos bobos, cada uno convencido de la importancia de su propio canto.
Dios es así también: el encuentra divertidísimos nuestros cantos de gallo y nuestros cacareos de gallina (mucho rezo se parece a un cacareo, pues se queda repitiendo la misma cosa, sólo que el cacareo tiene más sentido, pues con él la gallina anuncia que puso un huevo, y en los rezos se quiere obligar a Dios a poner un huevo…) Como decía, Dios encuentra divertidísimos nuestros cantos y cacareos, y hasta pide un bis.
No estoy siendo irreverente con las cosas sagradas. Sagrado es Dios, mar profundo e infinito, floresta sombría y desconocida, montaña con sus abismos cubiertos de neblina… mi cuerpo y mi alma quedan ahí, ante el misterio que me cerca, en silencio.
Pero cuando oigo los cantos de gallo y los cacareos de gallinas, comienzo a reír. Y no es risa de maldad. Es risa de felicidad. Felicidad que, ante el misterio obscuro, nos sea concedida la gracia de la levedad: podemos pensar y hablar sin tener miedo. Cualquier que sea nuestro canto, el Sol brillará de la misma forma… Cuando se percibe eso, el pensamiento se mezcla con la risa, y comenzamos a volar…

sábado, 30 de mayo de 2009

citas de don José (no es San Martín)

En los últimos días anduve releyendo un librito de José Miguez Bonino. Librito chiquito, al que le tengo un gran afecto, pero que desde hace un buen tiempo le andaba siguiendo el rastro y recién ahora lo pude volver a conseguir. Repasar sus páginas me hizo volver en el tiempo a mi despertar (hace algunos años ya) a diversas cuestiones acerca de Dios y la vida de compromiso con Jesucristo, que me impactaron en aquel momento y me hicieron descubrir aspectos hasta el momento velados para mí.
Comparto aquí, algunas citas de “Espacio para ser hombres”, de José Míguez Bonino.

El Dios verdadero no es “el que está solo”. Por el contrario, es quien invita al hombre a estar con él. Es un Dios que se ocupa de los demás, del mundo y del hombre más que de sí mismo. Esto es sumamente sugestivo porque habitualmente pensamos en un Dios que está allá, distante, aguardando que los hombres piensen en él, se ocupen de él, traten de agradarle o satisfacerle. El Dios de la Biblia, en cambio, está constantemente ocupado en el mundo, en su curso, en la creación de la vida y en su plenitud, en la justicia y la verdad entre los hombres. Cuando le habla al hombre –como ocurre frecuentemente en la Biblia– no es para hablar de sí mismo sino de su propósito y su deseo para el mundo, para los hombres. No hay en la Biblia discusiones de la naturaleza o el ser de Dios. El tema de la conversación de Dios con el hombre es el hombre mismo. Quien no se interesa en éste, no tiene de qué hablar con Dios. Porque Dios está totalmente concentrado en su proyecto para el mundo, e invita a los hombres a pensar en este proyecto, a tomarlo en serio, a comprometerse con él para realizarlo. Este es el comienzo de la fe.

Cuando Dios hace el mundo y al hombre no se trata de una emanación de lo divino; no son ‘un pedazo de Dios’. Dios crea algo que es ‘otro’ que él, distinto, autónomo. Es, en cierto modo, una limitación de sí mismo, paralela de alguna manera a la de tener un hijo. Aparece así una voluntad y una libertad que no están sometidas a nuestro arbitrio, que sólo podemos guiar en encuentro, diálogo, persuasión. Dios quiso un hombre que no fuera parte de sí mismo sino un otro. Y para ello dio espacio al hombre. El mundo es el espacio dado al hombre para ser él mismo. Dios responderá a su llamado, participará en sus luchas, sufrirá con él y se gozará con él. Pero no invadirá su espacio, no lo transformará en cosa que se maneja. Este es el centro mismo de la fe cristiana. Jesucristo no vino a sustituir a los hombres sino a abrir el camino para que estos pudieran realizar su tarea humana. Cuando decimos que Dios es todopoderoso no queremos decir que sustituya al hombre, que impida por decreto la existencia del mal, sino que se reserva la libertad de no permitir abortar definitivamente su propósito, sino que tiene la capacidad y la paciencia para continuar y llevar a cabo su proyecto –que es nuestro bien– a través de todas las frustraciones y de todos los sufrimientos de la historia. Un teólogo latinoamericano ha dicho que el Evangelio puede traducirse en una afirmación: “ningún amor se pierde sobre esta tierra”. Esa es la única garantía. Por eso Dios es todopoderoso.

Entrar en sociedad con el Dios verdadero es arriesgarse en una costosa aventura. Es correr los riesgos que él corre, hasta la muerte. Es aceptar el proyecto de no vivir simplemente solo, para si, sino trasformar el mundo por el amor y el fuego. Y ello envuelve muchas veces el sacrificio de la propia comodidad, seguridad, autoestimación, status e imagen. Incluso el reconocimiento de las propias falencias, debilidades y claudicaciones. No es extraño que nos repleguemos ante ese reclamo, y tratemos de salvar ‘lo nuestro’. A veces lo hacemos –los cristianos– desfigurando a Dios para que no exija tanto sino que nos justifique en nuestro egoísmo. A veces lo hacemos –como ateos– negando a ese Dios que nos invita. Decimos, “no hay Dios” y nos sacamos el problema de encima. Por supuesto, es un engaño. Es como si me convenciera de que, al negar que haya alguien ante quien soy responsable –mi familia, la sociedad, la ley– realmente no fuera responsable ante nadie. Muy pronto la realidad me arrancará de esa fantasía. Hay un ateísmo del que todos tenemos un poco: excluir a Dios para evitarme el compromiso. Matar a Dios para poder desentenderme del prójimo. O para no dar a esa responsabilidad todo su peso y valor. Y luego utilizamos toda clase de argumentos filosóficos para apuntalar nuestro rechazo.

Habrá un par de entregas más, o si no, no te vas a arrepentir de conseguirte una copia de este librito, aunque no será tarea sencilla…

jueves, 28 de mayo de 2009

Un textito de Rubem Alves

Este es un textito del brasileño Rubem Alves, que me resulta muy interesante para sacudir la modorra de las ideas y las creencias. La traducción es propia, así que sepan disculpar si algún fragmento resulta algo ambiguo.

Acerca de dioses y rezos.

Perdida en medio de viajeros que llenaban el aeropuerto, ella era una figura que desentonaba. La ropa larga, los pasos pesados, una bolsa de plástico colgada en una de sus manos –esas señales decían que ella ya no se vinculaba más a su condición de mujer: no se preocupaba por ser bonita. Pensé incluso que se trataba de una monja. Su comportamiento era curioso: se dirigía a las personas, hablaba por algunos momentos, y como no le prestaban atención buscaba otras con quienes hablar. Cuando vi que ella tenía una Biblia en la mano comprendí todo: ella se imaginaba poseedora de conocimientos sobre Dios que los otros no poseían y trataba de salvar sus almas.
Mi camino me obligó a pasar cerca de ella –y cuando miré su rostro de cerca me llevé un susto: lo reconocí de otros tiempos, cuando ella era una joven bonita que reía y saltaba y a la que mirábamos con mirada codiciosa.
No me resistí y la llamé en alto por su nombre. Ella se espantó, me miró con una mirada interrogativa, no me reconoció. Con razón. Los muchos años dejan sus marcas en el rostro.
– ¡Soy Rubén!
Su rostro se iluminó por el recuerdo, sonrió, y pensé que podríamos sentarnos y conversar sobre nuestras vidas. Pero su preocupación con mi alma no permitía esas pérdidas de tiempo con charlas menores. Y ella trató de verificar si mi pasaporte a la eternidad estaba en orden:
– ¿Continúas firme en la fe?
– Pero de ninguna manera. ¿Es que acaso dejaste de leer la Biblia? Porque dice que Dios es espíritu, viento impetuoso que sopla en todo lugar, el mismo viento que él sopló dentro de la gente para que respirásemos, fuésemos livianos y pudiéramos volar. Quien está en el viento no puede estar firme. Firmes son las piedras, las tortugas, las anclas. ¿Has visto a un papagayo firme? El papagayo firme es un papagayo en el suelo, no vuela. Pues yo estoy más como el buitre, allá en las alturas, flotando al sabor del imprevisible Viento Sagrado, sin firmeza alguna, rodando en largo círculos.
Ella quedó perdida, creo que nunca había oído una respuesta tan extraña, cambió de táctica e intentó tomar mi alma por otro lado, se largó a hablar de Dios, me informó que él es maravilloso etc, etc, etc, como si estuviera en el púlpito en la celebración del domingo.
Me refugié y dije:
– Creo que la que no está firme en Dios eres tú. Mira, me pasé toda la noche respirando, estoy respirando desde que recuerdo, y juro que ahora es la primera vez que pienso en el aire. No pensé ni hablé del aire porque somos buenos amigos. Él entra y sale de mi cuerpo cuando quiere, sin pedir permiso. Pero la historia sería otra si yo tuviera asma, los bronquios cerrados, el aire sin modo de entrar, o, como en aquel antiguo anuncio de jarabe Bromil, el pobre hombre sofocado por una mordaza, gritando por el aire que le faltaba. Por las dudas hasta andaría con un tanque de oxígeno en el equipaje, por cualquier emergencia.
Y continué:
– Pues Dios es como el aire. Cuando la gente está en buenas relaciones con él no es preciso hablar. Pero cuando la gente está atacada de asma, entonces es preciso andar gritando su nombre. Del modo que el asmático invoca el aire. Quien habla con Dios todo el tiempo es un asmático espiritual. Y es por eso que anda siempre con Dios embotellado en la Biblia y otros libros y cosas de función parecida. Solo que el viento no puede ser embotellado…
Ahí ella vio que mi alma estaba perdida y, como consuelo, hizo una señal de adiós y dijo que iría a orar mucho por mí. Ahí protesté, imploré que no lo hiciera. Le dije que tenía miedo de que Dios se ofendiera. Pues hay rezos y oraciones que son ofensas. Obviamente: se volvió allá, a golpear las puertas de Dios, pidiendo que él tenga lástima de alguien. Yo le asigno dos errores que, si fuesen conmigo, me enojarían mucho.
Primero, estoy diciendo que no creo en el amor de el, que deber ser medio debilucho, sin iniciativa, prejuicioso, a la espera de mi iniciativa. Si yo no doy mi empujón, Dios no se mueve. ¿Y eso no es algo que ofenda a Dios? Segundo, estoy sugiriendo que El debe andar medio olvidadizo, desmemoriado, necesitado de un secretario que le recuerde sus obligaciones. Y trato de, diariamente, presentarle su agenda de trabajo. Pero está en los salmos y en los evangelios que Dios sabe todo antes que la gente diga cualquier cosa. Ahora, si la gente se queda en sus palabrerías es porque no cree en eso. No creo en la oración en la que gente habla y Dios escucha. Creo en la oración en que la gente se queda quieta para oír la voz que se hace oír en medio del silencio.
Volví a mi amiga:
– Mira. Tuve un hijo que estudiaba lejos. Y yo lo quería. Y él me quería. De vez en cuando nos hablábamos por teléfono. Y el dinero de la mesada iba siempre, con llamada telefónica o sin llamada telefónica. Ahora imagínate: de repente comienzo a recibir llamadas telefónicas de él tres veces por día y mensajes por fax, cartas y telegramas alabando mi amor, agradeciendo mi generosidad… ¿Crees que eso me haría feliz? De ningún modo. Concluiría que mi pobre hijo habría enloquecido y estaría padeciendo un terrible miedo de que yo lo abandonase. Pues así mismo es con Dios: quien pasa el día entero detrás de él, con peroratas, es porque desconfía de él. Pero lo peor es el gusto estético que así se le imputa a Dios. Una persona que gusta de pasar el día entero oyendo a los otros repitiendo las mismas cosas, las mismas palabras, los mismos rezos, por la eternidad, no debe estar muy bien de la cabeza. Creo que el estaría más feliz si, en vez de mi charla, yo le ofreciera una sonata de Mozart o un poema de Adelia…
Pero ahí el altoparlante llamó a mi vuelo, tuve que despedirme, e imagino que ella se quedó afligida, temerosa de que Dios derribara mi avión con un rayo. Mal sabía ella que Dios ni había oído nuestra conversación pues, cansado de las cuestiones de los adultos, el huye siempre que ve dos de ellos conversando y se esconde de ellos, disfrazado de niño.

lunes, 2 de marzo de 2009

¿Quién estoy? ¿Dónde soy?


La localidad en la que vivo es un pequeño centro urbano rodeado de campo y sierras por todos lados. Depende institucionalmente del partido de Tandil, o departamento, según la denominación en otras regiones. No está totalmente urbanizada, en el sentido sociológico de la expresión. Quiero decir que los valores, el ritmo y las urgencia de las ciudades (principalmente la ciudad de Buenos Aires) llegan a imponerse en estos pagos, también, pero demoran un poco más que en sociedades más mediatizadas: en lugares donde pesa más la opinión del conjunto que la de algunos personajes referentes y legitimadores de creencias y conductas. Todo esto, tan rebuscado de expresar, es para decir que aquí, en Vela, todavía conviven muchas cuestiones caducadas, simbólicas, formales pero que no tienen valor funcional en la vida cotidiana.

A ver si consigo expresarlo mejor con el ejemplo al que me quiero referir.

En nuestra localidad hay muchas veredas con esas argollas que podemos observar en la foto. ¿Para qué sirven? Elemental: para atar el caballo. Esas argollas pertenecen a la vida de esta localidad hace algunas varias décadas atrás. Hoy nadie anda a caballo dentro de lo que es el casco urbano (unas 30 manzanas). Si, eventualmente, alguien llega a caballo a una de estas calles, no se le ocurre enlazarlo en esas argollas sino que lo hace en algún árbol o poste de luz. Nadie usa esas argollas. Sin embargo ellas siguen ahí, y le dan una pincelada pintoresca a nuestro paisaje. Nadie las quita porque no molestan. Resultan más inútiles que antiestéticas, lo que les habilita una momentánea supervivencia.

Nos recuerdan lo que esta localidad fue hace no tanto tiempo. Nos mantienen apegados a nuestra historia cercana. Nos dicen que las 4x4 y los cuatriciclos desplazaron a esos caballos más rápido que lo que el asfalto al empedrado y las veredas embaldosadas.

Esa foto melancólica me mal lleva por ideas rebuscadas. Se me dio por pensar que los cristianos evangélicos cargamos con un presente más o menos parecido al de las vereditas velenses. Todavía vamos cargados de ornamentos litúrgicos, doctrinales, gestuales, de una realidad a la que ya no suscribimos. Muchos los siguen dejando porque no se dan cuenta que ni ellos mismos serían capaces de sostenerlos con argumentos valederos, llegado el caso. Otros, porque “total no molestan”. Otros por desidia (que muchas veces no es otra cosa que un disfraz de la cobardía). Pero nos debatimos entre lo que fuimos y lo que somos. Entre lo que hicieron nuestros mayores y lo que nosotros queremos hacer. Entre lo que vemos y criticamos (léase: evaluamos críticamente, aprobamos o reprobamos), y lo que procuramos llevar a la altura de nuestros sueños. Nos manejamos en esa ambigüedad que el tango describe como: “La vergüenza de haber sido, y el dolor de ya no ser”.

Pero en la búsqueda de la identidad (que en cualquier colectivo ya es una cuestión bastante complicada), se nos complejiza el tema al considerar que somos también aquello que Dios ve en nosotros. Aquello que no se termina de consumar en nuestra vida cotidiana pero de lo que ya podemos experimentar algunos destellos. Aquella realidad que nos arrastra para el frente, tironeándonos desde adentro, pero que se debate con esta realidad pedestre que nos hunde en la tierra y la materia.

Mientras le daba permiso a estos divagues para que caminen un poquito, vino a mi mente aquella joyita que Dietrich Bonhoeffer compuso en su celda de muerte, en la que se debatió con ideas parecidas a estas, pero que supo resolver como solo un cristiano de su estatura podría.

Aquí les comparto, pues, esta “¿Quién soy?”, que también nos ayuda a preguntarnos como iglesia, como comunidad, como intento, como proyecto en construcción:

¿Quién Soy?

¿Quién soy? – Me preguntan a menudo –,

Que salgo de mi celda,

Sereno, risueño y firme,

Como un noble en su palacio.

¿Quién soy? – Me preguntan a menudo –,

Que hablo con los carceleros,

Libre, amistosa y francamente,

Como si mandase yo.

¿Quién soy? – Me preguntan también –

Que soporto los días de infortunio

Con indiferencia, sonrisa y orgullo,

Como alguien acostumbrado a vencer.

¿Soy realmente lo que otros afirman de mí?

¿O bien solo soy lo que yo mismo se de mí?

Intranquilo, ansioso, enfermo, cual pajarillo enjaulado,

Pugnando por poder respirar, como si alguien

Me oprimiese la garganta,

Hambriento de olores, de flores, de cantos de aves,

Sediento de buenas palabras y de proximidad humana,

Temblando de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,

Agitado por la espera de grandes cosas,

Impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,

Cansado y vacio para orar, pensar y crear,

Agotado y dispuesto a despedirme de todo.

¿Quién soy? ¿Éste o aquel?

¿Seré hoy éste, mañana otro?

¿Seré los dos a la vez? Ante los hombres, un hipócrita,

Y ante mí mismo, un despreciable y quejumbroso débil?

¿O bien, lo que aún queda en mi se asemeja al ejército batido

Que se retira desordenado ante la victoria que creía segura?

¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.

Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy, ¡Oh, Dios!

Dietrich Bonhoeffer

miércoles, 4 de febrero de 2009

Provocaciones

Si se me permite, insistiré en robarme ideas provocadoras de mi propia reflexión en primer lugar, y de las demás también, en la medida que quieran compartir este tramo de vereda, este recorrido circunstancial de una dirección que vamos sospechando pueda arrimarnos a destinos rumbosos.
Rubem Alves es un teólogo y siconoalista -aunque este último dato resulta irrelevante- brasileño contemporáneo.
Confieso que no recuerdo de dónde obtuve esta cita, así que pido disculpas por ello.

Dios es como un pájaro encantado que nunca se ve. Sólo se oye su canto… Dios es una sospecha de nuestro corazón de que el universo tiene un corazón que late con el nuestro. Sospecha… ninguna certeza. Huyan de los que tienen certezas. Miren bien: ellos traen jaulas en sus manos. Los pájaros que tienen presos en sus jaulas son pájaros embalsamados. Ídolos.

Rubem Alves