
viernes, 18 de noviembre de 2011
del aséptico dogmatismo a la jodida ambigüedad

martes, 12 de julio de 2011
aprendiz de salmista
viernes, 3 de junio de 2011
El alegre postoperatorio de la esperanza escatológica
El alegre postoperatorio de la esperanza escatológica
(demasiado título para unos murmullos trasnochados)
En los últimos días tuve el privilegio y la mala fortuna de tener que sobrellevar la experiencia de un postoperatorio. Todavía me encuentro en esa instancia. Sufrí una intervención quirúrgica que me resolvió un importante problema en mi salud pero que no me tiene, aun, recuperado por completo. La gratitud y la alegría por haber superado el grave estado son una realidad, sin embargo el momento no deja de ser arduo de transitar. No fue el grave estado de salud, ni el gran dolor de las heridas lo que mayor dificultad me causó durante el tiempo transcurrido. Lo peor de todo (no ya desde la salud o el dolor, sino desde el estado anímico y general) fue el postoperatorio. Mientras estaba con el problema que reclamaba una operación estaba limitado, y debía acomodarme a lo que la situación me demandaba. Una vez operado se espera que ya esté sano, recuperado, y con las funciones a pleno. Pero, como todo el mundo sabe (a excepción del paciente impaciente) esto no sucede de manera inmediata. Uno ya está operado. Lo que estaba enfermo ya no está mal (o, como en mi caso, ya no está más). El mal fue erradicado y todo debería recuperar su funcionamiento natural. Lejos de suceder eso el cuerpo necesita muchos cuidados, y el dolor es intenso. El mal, en realidad causó bastante daño y la extracción de ese mal también afectó a órganos que fueron cortados, manipulados, desplazados y nuevamente acomodados, todo para permitir dar lugar a un nuevo y mejor estado. Pero mientras tanto cada movimiento me provoca dolor. No me puedo mover mucho ni hacer movimientos bruscos sin sentir un tirón que causa sufrimiento. No puedo hacer lo que quisiera, no puedo comer lo que quisiera, solo esperar el momento en que mi cuerpo recuperará su condición natural que, seguramente, será mejor incluso a la que ostentaba antes de la operación.
Se parece demasiado a la exasperante condición que vivimos los que creemos en la redención, en la futura restauración de todas las cosas. A esa expectativa dolorosa y esperanzada que vivimos los que creemos que transitamos el tiempo entre la victoria del crucificado y la consumación de su victoria final. La realidad futura es inminente, pero la presente todavía duele. No dudamos en cuanto al destino final de nuestra esperanza, pero la cotidianeidad es de insatisfacción, de frustración y, muchas veces, de dolor desesperante. Miramos y confiamos en la llegada de la luz plena, de la salud y la restauración de las entidades, de las formas y las esencias, de las expresiones y las intenciones, pero en el “mientras tanto” esta realidad, muchas veces, duele.
El postoperatorio duele, frustra y aconogoja. Pero el contexto en el que se da (al menos en este, mi caso) es uno de esperanzadora alegría, de anhelante convicción del bienaventurado porvenir. Un futuro asegurado por una realidad pasada, concreta, evidenciada en la historia, en la fe, y en mi carne.
martes, 10 de mayo de 2011
metiendo el cuchillo hasta la empuñadura
viernes, 6 de mayo de 2011
cuánto... en cuatro líneas
Reconozco mi ignorancia en cuanto a las ideas y la vida de este buen Shillito. Pero me parece muy piola compartirlo y disfrutarlo juntos, si da.
Los otros dioses eran fuertes; pero Tú fuiste débil;Llegaron cabalgando, pero Tú te tambaleaste hasta el Trono;Pero a nuestras heridas sólo las heridas de Dios pueden hablar,y ningún dios tiene heridas sino solo Tú.
Edward Shillito
miércoles, 4 de mayo de 2011
Chau, bis
MI OTRO PADRESe murió. Y sí, se murió Ernesto, mi otro padre. A sus casi cien años morir no es una sorpresa pero no es menos pena. Acaso más tranquila ya que es natural a la vida que alguna vez termina.Me enseñó- y no significa que aprendí- a no ser ingrato, a no ceder a la frivolidad, a no escribir sin sentimiento, a no privilegiar la vigilia sino el sueño. Y a no subir un escalón más si todavía no pisé fuerte el escalón de abajo. Junto a él compartí momentos de los cuales siempre me llevé algo, y no sé si lo compensé con alguna migaja.Es la historia la que después teje la ubicación del muerto en este o aquel lugar, o lo desvanece o lo sepulta. La historia –se sabe- es injusta e imperfecta y se cuelan en ella conspiraciones que no siempre la verdad resiste. Hay en la historia héroes que deberían ser villanos. Si por mí fuera a Ernesto lo ubicaría alto. En la literatura, en el pensamiento, en el humanismo y en la política.De alguien que vive casi toda una vida en la misma y sencilla casa, en Santos Lugares; en el mismo barrio, junto a los mismos vecinos y a los mismos árboles y plantas; de alguien que amó a los perros y los gatos, a los pájaros, a los escarabajos mínimos y los terrones de tierra de su jardín siendo millonario de tentaciones y de rangos, no hay que dudar: hay que cerrar los ojos y entregarse.Siempre lo vi usar durante décadas el mismo par de zapatos porque le gustaban. Es un hombre. Insisto, no “fue” un hombre sino que “es”. Porque deja su molde entre nosotros.No hace falta ser culto ni erudito –pero hace falta ser justo- para darse cuenta que era excepcional como es excepcional en la fauna un ejemplar que aún arriesgándose y exponiéndose, y sin traicionarse, inscribe su marca entre muchas. Su récord de supervivencia no es un datomenor: “voy a vivir hasta los cien años. Tengo sangre albanesa”, decía cuando ya tenía ochenta. Le faltaron dos meses para cumplir el siglo y nadie podrá decir que no culminó su proeza etárea.Cuando con Borges estuvieron uno frente al otro en 1974, estando yo allí como testimonio, sé de su conciencia del genio del otro, sé de su comprensión de las diferencias vitales que les concernían y de cómo prefirió superarlas para acentuar las coincidencias. En tanto tiempo transcurrido se le murieron su mujer y un hijo; se le murieron perros y plantas y vecinos del barrio. La larga vejez deja en solitario porque los de su generación se mueren antes. Era fuerte como una fibra vegetal y tierno como un campesino sin hectáreas. Alcanzó la hazaña sin igual de cruzarse de las altas matemáticas a la alta estética literaria.Escribió ficciones y ensayos, tangos, poemas, cuentos, testimonios y crónicas. Fue fotógrafo y pintor, actor y jardinero. Le resultó natural ser un hombre. Lo único que no fue es mediocre.Orlando Barone, 1 de mayo de 2011.una linda sinopsis rapidita AQUI
sábado, 30 de abril de 2011
Chau Tío

RECUERDO DEL HOMBRE QUE SE REUNÍA CON LOS ANÓNIMOS
Ernesto Sábato era un hombre triste; de tan triste parecía que esa era su naturaleza; más que su cuerpo, su mirada, sus palabras, más que todo eso, Sábato era físicamente triste. Y, sin embargo, siempre que lo recuerdo lo veo pidiéndole a Jorge Valdano, su paisano ex futbolista, que le diera un puñetazo en el estómago: “Para que compruebe lo fuerte que estoy”. Y estaba fuerte, hasta hace algunos años; entonces volvió a España, con su compañera, Elvira Rodríguez Fraga, como si se viniera a despedir de este país; al volver a Buenos Aires, a Santos Lugares, escribió un diario, Antes del fin, que complementaba otro libro suyo en el que hacía los diarios de su vejez viajando por este país viejo.Pero a la vuelta ya se hizo tan mayor su tristeza que convirtió su cuerpo, su memoria y su deseo en pura melancolía, y se fue deteriorando su salud, sin que nunca pudiera pensarse que aquel cuerpo del que tanto se quejaba lo fuera a traicionar, algo que acaba de hacer, para su liberación, quizá, pero también para su congoja. Pues, a pesar de las apariencias, las que él hacía explícitas y las que se le notaban en las oquedades pocas veces risueñas de sus ojos, Ernesto Sábato era también un cascarrabias que amaba la vida, un hombre capaz de alternar su preocupación por la ceguera (la suya, la que lo amenazaba) con las bromas y los dimes y diretes que le gustaba levantar para hablar de la clase literaria a la que pertenecía de lleno pero a regañadientes.Hace unos días Elvira González Fraga me llamó; ella lleva con la ilusión inmarchitable y con un sentido del humor que siempre contrastó con el pesimismo de su compañero, la Fundación Ernesto Sábato, incrustada en lo más bello de Palermo, el barrio de las librerías y de los escritores de Buenos Aires. Ella era consciente de las enfermedades que la edad otorga a los cuerpos humanos, pero aún así, consciente también de que su compañero había pasado por una bronquitis fastidiosa, aún no era la hora. Y desde la fundación preparaba el homenaje que se le debe al centenario de Sobre héroes y tumbas. El centenario se cumple el 24 de junio, y para ese día ella creía que el agasajo universal tendría presente al escritor de Santos Lugares.Ya no puede ser. La muerte de Sábato es un trago amargo y simbólico de la Argentina y de la literatura. Él representa a Argentina, con todas las contradicciones que en él actuaron en la baja frecuencia y que también machacaron a Jorge Luis Borges, algunas veces su amigo, y casi siempre su oponente; sobre ellos, de maneras distintas, cayeron los denodados latigazos que ese país le ha dado a la razón para despojar a los hombres de la serenidad de la discusión o el desacuerdo. Esas contradicciones se han reflejado en estos dos titanes ahora ya desaparecidos. Las heridas están en los libros, incluso en las entrevistas que se hicieron juntos y también en los desplantes que se hacían en público y en privado. Hay un libro en el que ambos se enzarzan a hablar de la literatura, de Dios y del diablo, y aunque no se quisieron nunca del todo, ahí se ve que en ambos hay una ternura que acaso es el sustento de la inquietud común: ¿para qué tanto lío si hemos de morir y no quedará ni una línea, ni siquiera un verso sencillo?Pero ahora que toca certificar el fin de Sábato conviene recordar más su literatura que esas escaramuzas que uno aceptó como riesgos del destino y que el otro, el que acaba de fallecer, convirtió en el trampolín de una decisión civil que lo marcó como un héroe de una Argentina nueva que no acaba de ser nunca una Argentina verdaderamente renovada. Y su literatura, la de Sábato tiene en las contradicciones del ser humano, en los miedos al vacío que convivieron también en su pintura, la esencia de sus imaginaciones, que fueron tan oscuras como las predicciones que él hacía del destino de los hombres, condenados a la ceguera, a la mezquindad y al olvido. El túnel y Sobre héroes y tumbas son como el trasunto de esa oquedad rabiosa de sus ojos. Él quería desaparecer y estar. Una vez, en el restaurante Casa Lucio de Madrid, donde había querido comer huevos estrellados, cantamos juntos, con Elvira González Fraga, una milonga argentina de Reguera, creo: “Se me está haciendo la noche/ en la mitad de la tarde/ no quiero volverme sombra/ quiero ser luz y quedarme”. Sábato hizo suyos esos versos, pues él, que ya llevaba avanzados los 90, quería quedarse, seguir, estar, terminarse esos huevos estrellados, seguir viaje a Galicia, a Sevilla, volver a Argentina, vivir, aunque ya su estómago no estuviera tan firme como cuando le pidió a Valdano que le golpeara la barriga, “si viera lo fuerte que está”.En sus diarios españoles (España en los diarios de mi vejez, Seix Barral), escribió esta entrada: “Cuando siento que me falta tanto de lo que gocé en otras épocas, me queda esto, agarrar un papel o sentarme a mi vieja máquina de escribir, vieja y compañera, y anotar esto, esto quizá sin importancia, pero que me hace sentir reunido con los anónimos y sin embargo, por algún misterio, cercanos lectores que estos papeles tendrán”.Quería desaparecer, eso está en sus libros, pero quería quedarse, eso estaba en su mirada herida que ahora se acaba de apagar. Ernesto Sábato, un titán disminuido siempre por la constancia rabiosa de su melancolía.Juan Cruz, para diario EL PAÍSel artículo original de El País Aquí


