martes, 6 de julio de 2010

o porque sí

No sé por qué. Porque me gustó y me movió algo. Porque me encontró y me acomodó en algún punto, o en algún lugar. Porque pensé en muchos amigos que lo pueden disfrutar o sufrir tanto como yo. Por muchos motivos o por ninguno, o porque sí. Geniales líneas de Horacio Salas.

INVENTARIO DE MIS DÍAS

Como no sé vivir
y ya no encuentro
cómodo
llorar cada mañana,
como no sé vivir —insisto—
mientras vivo y desvivo
levanto el inventario de mis días.
Me palpo, me recorro,
con cualquier cosa compruebo mi existencia,
por medio de una voz,
de una sonrisa

o de cualquier mujer,
sé que estoy vivo.
Antes de despedir la madrugada
busco, revuelvo entre los trastos viejos,
y encuentro una palab
ra,
la desarmo,
le abro su panza de aserrín,
vuelvo a coserla igual que un minucioso cirujano
y escribo mi poesía.
Dando vueltas junto a los minuteros
tropiezo con el mismo ángulo recto
que invade a la mañana la oficina.
Prolijamente saludo a los relojes,

me anticipo a los pájaros ficticios,
digo que sí y que no con la cabeza.
Alargo inútilmente la memoria,
busco números claves con anteojos,
recorro con los dedos el lomo de la tarde,

giro sobre un sillón de cuero con sordina,
sumo porcientos grises, cifras azules y columnas rojas,
escribo sobre libros tremebundos,
pronuncio la palabra bibliorato
ochenta y cuatro veces por minuto;
comento un accidente, un crimen, media guerra,
y elogio los dobleces de algún sueño
para arrugarlo luego.

Enarbolo la pipa sobre el labio,
vuelvo a decir que sí de mala gana,
me angustio, resoplo, dramatizo,
a veces nombro a Sartre, a Dios, a Sanfilippo.
Huyo de mí,
me ignoro,
no me quiero.
Después, cuando el cansancio

comienza a recorrerme por la espalda,
saco de los bolsillos mi amor doblado en cuatro,
lo ejerzo tenazmente
y luego con vergüenza lo describo
o tan sólo amontono palabras y las tiro.
Antes de cada noche me apuntalo,
me miro en los espejos,
aliso mi soledad contra la almohada.

Sin que nadie me invite
me meto entre los sueños
o crezco con furia en otros muslos.

A veces también duermo.
O desvarío ante una biblioteca,
ante un poema de Eluard,
ante un Chagall plagiado,

o ante un tango.
Otras veces me siento a la orilla de mis ojos
y me miro asombrado y con espanto.
Me olvidaba,
a veces, también como.
En días de nostalgia
prefiero recordarme
o inventarle memorias a la tarde.

De vez en cuando vuelvo a leer a Borges.
Con la paciencia repito al acostarme
la delantera de Boca en el cincuenta
o escucho a Gardel contra el silencio.
Me desbordo de amigos casi siempre:
ya tengo tantos que nunca alcanza el tiempo
a descifrar sus nombres.
Cuando me quedo solo de espaldas a la noche

enumero los días transcurridos,
vuelvo a la infancia, al olor de los juegos,
converso con mi madre;
Los domingos mi padre sabe todas las respuestas
y todas las historias de aventuras.
Cuando se acaba el juego
evoco a algunos muertos,
voy al cine,

me reflejo en mis ojos preferidos,
aprendo los artículos del Código,
pienso en mi propia muerte
y mientras tanto crezco.

Como no sé vivir,
como no aprendo,
como no me interesan los deberes

ni tampoco me aplico para pasar de grado,
como no sé vivir —insisto—
me conformo con tratar de cambiar,
o simplemente
con inventar la vida
cada día.


                                     Horacio Salas



sábado, 19 de junio de 2010

Cortázar se mete con el mundial 2010

La selección argentina de fútbol ganó su segundo partido en el mundial que se juega en Sudáfrica. Esto no es muy novedoso para la mayoría de la gente que conozco. Y, aunque no niego mi propio entusiasmo por el mundial de fútbol y por la actuación del equipo de la AFA, ya sea porque me estoy poniendo viejo, o porque me gana la envidia de ver lo fácil que algunos se ganan la plata, me está cansando bastante el ver de qué manera se alimenta la euforia vana desde los medios de comunicación, y la selección argentina de fútbol pasó de ser “un equipo lastimoso que se iba a volver en la primera rueda” a una “maravilla de la técnica y la estrategia deportiva”.
Me pareció situación más que oportuna para compartir este genial cuento del más genial Julio Cortázar en la que con una acidez implacable desnuda esta falta de matices y moderaciones en la conducta del argentino medio. Me caben las generales de la ley, pero no puedo dejar de intentar reflexionar al respecto.
Adelante don Julio:
Grave problema argentino: Querido amigo, estimado, o el nombre a secas

Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter (problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos) el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables.
Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: "Señor Oscar Frumento, Gara
bato 1787, Buenos Aires." Deja un buen espacio (las cartas ventiladas son las más elegantes) y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento; él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: "Querido Frumento." No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa titánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: "Estimado Frumento." Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración (es de lo que más se habla en las dedicatorias), ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época (yo era joven y usaba rancho de paja) en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin identificarlo (Frumento) y luego calificarlo (querido/estimado)? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: "Un canalla como usted, etc.", o "Le doy 3 días para abonar el alquiler", cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.
Variantes como "apreciado" y "distinguido" quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno lo llama "maestro" a Frumento, es capaz de creer que le est
á tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Che, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, que nos enseñen a escribir con naturalidad: "Pibe Frumento, gracias por tu último libro", o con afecto: "Ñato, qué novela te mandaste", o con distancia pero sinceramente: "Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura", entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.

viernes, 11 de junio de 2010

empezó el mundial ¿y ahora... ???



Hace cuatro años, con motivo del Mundial de Fútbol anterior, Coca Cola puso en circulación unos calendarios muy particulares: el clásico calendario con un taco en el centro, al que se le van arrancando las hojitas día a día, pero que más allá de comunicar los datos fundamentales del día de la fecha, en el centro de la hojita ostentaba un enorme número que daba cuenta de la cantidad de días que faltaban para el comienzo del mundial.
Parecía un artículo comercialmente ingenioso. A mí me resultó algo más. Me llamó la atención acerca de cómo muchas veces vivimos de esa manera. Yo lo hago, aunque reniegue de ello. Cómo solemos vivir pendientes de eventos futuros que, se nos antojan, nos instalarán en una euforia más deseable que nuestro prosaico andar cotidiano.
Lo inconveniente, resulta ser que cuando pasa la fiesta, uno se queda como en el aire... como decepcionado. Antes de la fiesta, durante varias semanas, uno está expectante, anticipando y esperando. Pero, de repente, todo pasa y tenemos delante nuestro un vacío. Lo que esperábamos ya pasó, ya terminó, lo disfrutamos o no, pero ya no lo tenemos más.
Entonces muchos hacen, lo que yo me descubrí haciendo, gracias a ese almanaque: Buscando un nuevo objetivo en el cual centrar las expectativas. Y uno se fija en algún suceso importante, o en algún viaje que tiene planeado, o en el comienzo de esto… el fin de aquello... pero nos vamos haciendo una forma de vivir que siempre está mirando hacia “lo próximo”. Hacia una meta sicológica o emocional que nos ponemos, como la zanahoria delante del carro para ir tirando, para que nos haga llegar a un nuevo punto.
Cuando se trata de personas que son capaces de disfrutar de muchas cosas no les resulta difícil encontrar esas nuevas metas. No se les hace complicado encontrar en el futuro eventos importantes hacia los cuáles apuntar. Pero sucede en ocasiones, que uno se queda como una balsa en medio del océano, emocionalmente a la deriva, sin encontrar una referencia en la cual poner las esperanzas.
La religión se especializa en esto: nos promete deleites futuros y nos cobra con nuestro tiempo y energías hoy, nos arranca jirones de vida a cambio de esperanzas más o menos idealizadas.
La Biblia asegura que Dios va a dar a disfrutar a sus hijos del “río de deleites” (Salmo 36:8). Pero no sólo ubica su presencia y sus dones en una incierta ultramundanalidad. Tanto la presencia de Dios como sus deleites son para la eternidad que estriba en esta realidad presente. Dios nos regala el gustar de muchísimos placeres durante esta vida, pero no para que nos detengamos en ellos, y nos quedemos paralizados pidiendo más y más de lo mismo, sino para que miremos hacia adelante, gocemos hoy, mientras vamos dirigiendo nuestro andar hacia la presencia de Aquel que en sí mismo es la plenitud del gozo, consumación de todo aquello que podemos desear.
Nos invita, como dice el viejo sabio Atahualpa Yupanqui, a hacernos peregrinos de un sueño lejano y bello.
A disfrutar de la meta, y hacer del camino una anticipación de aquel destino propuesto.

jueves, 3 de junio de 2010

Una costilla tierna de Carlitos

Barth es uno de los teologos que me gusta leer pero me cuesta lidiar con su prosa (y la traducción de la misma, ya que no tengo más remedio que someterme a ellas). Es uno de esos pensadores que te llevan y te muestran el camino, pero no te dejan en la casa. Propone su propio desenlace pero pone el énfasis en marcar los pasos del camino, para que yo -roedor aficionado- reconozca esos caminos, los evalúe, y decida por mi propia cuenta si consiento en avanzar por allí, y por qué lo hago. Pero, como decía, muchas veces resulta un tanto denso su razonamiento, hay que andar, por momentos con paso corto y seguro, por caminitos sinuosos y salpicados de barro.
Como suele uno deslumbrarse y disfrutar de una banda de 'rock heavy' haciendo un tema melódico, así me descubro disfrutando unas páginas devocionales y casi poéticas de Barth.
Me dio muchas ganas de convidarte:
«A los hambrientos colma de bienes»
(Lucas 1,53)

MANOS VACÍAS
¡PADRE nuestro que estás en el cielo! Nuestra vida es muy confusa: ¡muéstranos el orden que tú le diste y que quieres darle de nuevo!
Nuestros pensamientos andan completamente dispersos: ¡reúnelos en torno a tu verdad!
El camino que tenemos por delante está envuelto en tinieblas: ¡precédenos con la luz que nos prometiste!
Nuestra conciencia nos acusa: ¡haznos caer en la cuenta de que podemos levantarnos para servirte a ti y al prójimo!
Nuestro corazón anda inquieto en nuestro interior: ¡danos, Señor, tu paz!
Tú eres la fuente de todo bien, eres la bondad misma, junto a la cual no hay ninguna otra. Tú no quieres que cada cual te busque por su cuenta e intente arreglárselas por sí solo con sus problemas. Tú quieres que en nuestra miseria y en nuestra esperanza seamos un único pueblo de hermanos. Como tal pueblo, nos tomamos ahora de la mano para darte juntos las gracias y extender hacia ti estas manos nuestras, siempre tan vacías.
Amén.
Karl Barth

jueves, 20 de mayo de 2010

Cristo de los pescadores

Cristo de las redes:
¡No nos abandones!
y en los espineles
déjanos tus dones.
No pienses que nos perdiste,
es que la pobreza nos pone tristes,
la sangre tensa, y uno no piensa
más que en morir.
Agua del río viejo:
Llevate pronto este canto lejos
que está aclarando
y vamos pescando para vivir.


El Quique Pesoa, con Beto Solas en voz y percusión, más Roberto Segret en chelo, hacen este temazo de Fandermole que charla, en voz baja, del laburante, del hombre de río, y del papel de la fe en su vida.

lunes, 17 de mayo de 2010

de silbos apacibles y esas yerbas

Después del terremoto, un fuego; pero el SEÑOR no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible. Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva.
Porque son matices los que hacen únicos a los momentos y las personas.
Son los detalles los que nos salvan.

La vida es –las más de las veces– una gran monotonía. Rutinas, reiteraciones, dialécticas circulares. Es así que los momentos que conservamos como más caros a nuestra memoria son únicos e irrepetibles no por la espectacularidad de su contenido, sino por la singularidad de pequeños, insignificantes, imperceptibles matices. Las personas no somos (mal que nos pese) seres demasiado originales. Somos todos bastantes predecibles, somos todos hijos de similares condicionamientos ambientales e internos. Pero nuestra intuición y alguna percepción que no siempre es conciente nos indican que hay personas diferentes de abismales diferencias. Que hay escenas de nuestras vidas (increíblemente parecidas a tantas escenas de nuestras propias historias y de millones de historias ajenas) que son únicas por sus matices, por sutilezas, por detalles casi imperceptibles a los ojos de un observador cualquiera pero que imprimen una singularidad profunda, notoria, eterna, en nuestro espíritu.
Es un diminuto fueguito el que elevó al globo, un gesto el que pintó la mañana, una imagen la que vistió la tarde gris de crepúsculo inspirador. Una estrella desapercibida por todos la que llevó a tres sabios de oriente hasta el corral de animales donde llorisqueba un rey. No sabemos cuál será el ángel (el angelo: mensajero de Dios) que remueva el agua del estanque de nuestro ánimo. Un aroma, una palabra, una intención, va a ser, en el momento menos esperado, la que redima nuestro día y hasta nuestra existencia, la que salve… la que nos salva*.* 1. Librar de un riesgo o peligro, poner en seguro. [Definición de la RAE]

miércoles, 5 de mayo de 2010

la apuesta de la fe

de José Míguez Bonino. Fragmento del capítulo IV '¿HAY ALGUNA SEGURIDAD?' del libro ESPACIO PARA SER HOMBRES

UNA APUESTA…
“El Evangelio nos invita a jugarnos la vida…” Un gran pensador cristiano, Pascal, lo llamaba “la apuesta”. Nos agrade o no la comparación, su sentido es exacto. Un autor inglés narra una interesante parábola para ilustrar esta misma verdad. Es la época de la última guerra mundial. Un ciudadano ingles quiere unirse a la resistencia en Francia. Establece contacto en Inglaterra con agentes de la resistencia. Finalmente se le da un lugar y una fecha en que debe encontrarse con el jefe de la resistencia, ya en territorio francés. Y el nombre de dicho jefe. Se traslada, acude a la cita, se identifica. El jefe de la resistencia le hace numerosas preguntas. Finalmente lo admite con unas palabras extrañas e intranquilizadoras: “Tú eres extranjero y no podrás comprender mucho de lo que ocurre aquí. Verás cosas extrañas. De una cosa debes estar seguro: yo soy el jefe y sé lo que hacemos. Confía en mí”. Pasa el tiempo; el nuevo recluta ve a su grupo vistiendo uniformes nazis, realizando misiones que parecen exactamente opuestas a su propósito; ve al jefe colaborando con el enemigo. ¿Sería verdaderamente la resistencia a lo que se había unido? ¿No había sido víctima de un monstuoso engaño? ¿Era éste el jefe o un traidor? En medio de las dudas, sólo puede asirse a una palabra: “Ten confianza en mí y al final verás”. Es todo lo que tenemos para nuestra fe: un tal Jesús de Nazaret que nos dice: “Ten confianza y al final verás”.

… CERTIFICADA POR UNA VIDA
Un tal Jesús que se tomó tan en serio la historia del Dios de Israel, del Dios que había anunciado la justicia y la paz, que había prometido un futuro para la humanidad y para el mundo… tan en serio que vivió de esa promesa toda la vida, y finalmente por ella entregó su vida. Desde el comienzo ubicó su vida en términos de esa promesa. Uno de los profetas de ese Dios había mirado hacia el futuro la liberación de la opresión, la enfermedad y la pobreza. Y Jesús retoma sus palabras y anuncia: “Porque el Espíritu del Señor me ha comisionado para anunciar a los cautivos libertad, a los ciegos vista, para dar buenas noticias a los pobres, para sanar a los afligidos, para anunciar la llegada del tiempo de liberación”. Algunos pocos aceptaron su mensaje y se unieron a él. Y otros, a lo largo de los siglos, también lo han hecho. No hay certificación. Jesús dice simplemente: “Sígueme”.
Es claro que no entramos a ciegas en “el juego de Jesús”. Su propia vida es una garantía, porque es imposible leer el relato de la vida de Jesús y no sentir el timbre de la autenticidad, de lo que es verdadero y real. Si alguna vez hubo verdadera humanidad, un hombre cabal, está aquí. Su invitación no es una frase vacía o demagógica; está respaldada por cada acto y cada palabra. Pero aun así: ¿qué nos asegura que fue otra cosa que un genial y heroico soñador? Porque toda su vida es un constante combate en el cual su mensaje, sus gestos, sus intenciones son permanentemente rechazados, atacados, negados, no sólo por sus adversarios sino incluso por sus propios seguidores. Y finalmente, su causa es crucificada.

En este sentido, el Nuevo Testamento es muy realista. Si la cruz es la ultima palabra, estamos ante un magnífico ejemplo de humanidad, pero nada más. Nada respalda universal y efectivamente esa vida. Y sus seguidores somos, mal que la palabra nos disguste, “engañados y engañadores”, “los más infelices de los hombres” (son palabras del apóstol Pablo). El sello de la realidad de esa vida es, según el Nuevo Testamente, la resurrección de Jesús. La importancia de la resurrección no estriba para el Nuevo Testamento en su carácter asombroso o milagroso. Si Dios es Dios, tal cosa no es en absoluto increíble. La importancia radica, más bien, en que con ese acto Dios confirmó todo lo que Jesús había sido, dicho y hecho. Es por eso que Pablo dice que si no hay resurrección, la fe se queda sin fundamento.
Utilizando un lenguaje muy poco religioso podríamos decirlo así: Jesús documentó de una vez para siempre el mensaje que nos habla de un Dios creador, del Dios de amor que quiere elevar a la humanidad y colocarla en el camino de un mundo nuevo. Lo documentó con su vida. Y en la resurrección, dios mismo firmó el documento. No hay posibilidad de certificar esa firma. Lo único que podemos hacer es presentar el documento y tratar de cobrarlo. Jugarnos a que tiene fondos. Este lenguaje comercial y realista corresponde al tema. El Nuevo Testamento no vacila en emplearlo. Pablo dice, incluso, que si la resurrección no es real, si la firma es falsa, “Dios se muestra mentiroso”. No hay otra garantía.